¿Y tú, cuántas llevas?

coger es otra manera de andar la realidad, de saberse vivo o mejor dicho, de sexistir.

Diez. Ése era el número que cierto estudio sugería como el  “ideal” de parejas sexuales en la vida. ¡Diez! como la edad en que los niños de hoy inician su vida sexual y diez como el número de veces que algunos matrimonios cogen al año. El único contexto en que diez se antoja como un número deseable es en la escuela y sólo si uno es de veras ñoño.

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Homotensión

Platicamos hasta que el sueño fue más fuerte que lo que nos queríamos decir. Estábamos acostadas en una cama individual, apenas podíamos movernos sin que nuestros cuerpos se encontraran. Nuestras manos se tocaron, por accidente, se reconocieron con timidez, un contacto de segundos que se abstrajeron del tiempo. Nos soltamos antes de que se hiciera nombrable lo que estábamos sintiendo. Sólo éramos dos amigas que en un viaje tuvieron que compartir una cama, una situación tan cotidiana que sería irrelevante, de no ser por la claridad con que lo recuerdo.

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Rinoceronte en cristalería

El corazón también envejece. A cierta edad, que no se mide en años sino en decepciones, uno se la piensa dos veces antes de aventarse con el arrojo (por no decir pendejez) de cuando tenía quince años. Esta precaución no es gratuita, para convertirse en un descreído es necesario haber sido estúpidamente crédulo. Primero hay que entregarse a raudales antes de volverse un cuentachiles del cariño.

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No le gustas pero eso tampoco es algo tan grave

Desde la primera cita la conversación fluyó como si fuéramos dos viejos amigos que acababan de conocerse. Entre la segunda y la tercera cita los mensajes aleteaban del uno al otro con la gracia de una mariposa que anuncia la primavera; sin embargo, de un día para otro las mariposas empezaron a emigrar y ya no hubo otra invitación a salir.

Perdió el interés, se aburrió, le gustó otra, me abrió… como lo quieran llamar. La emoción que a mí me duró semanas, a él se le pasó en media tarde o, lo más probable, realmente nunca la sintió de la manera en que yo lo hice. Quizá habría llegado odiar un poquito a este tipo sino fuera porque alguna vez en mi vida también he puesto en práctica el arte de la desaparición y entiendo bien lo que es cuando alguien no te gustó tanto (o nada) como para hacer el esfuercito de seguir viéndole. Hay varias maneras en que uno se puede explicar el “no le gustas” sin clavarse demasiado en el rechazo ni empezar a dudar de nuestros encantos:

  • Sólo está siendo cortés: Hay personas que aceptan invitaciones no porque estén interesados en uno, sino porque no saben decir que no. Esta gente llega a ser tan amable que si les sonreímos, ellos sonríen; y como lo que les sobra es cortesía son capaces de hacernos sentir escuchados y seguirnos la corriente con cualquier tema del que se nos ocurra hablar, incluso si es de esos ñoños que no más a uno le interesan. Si nos encontramos con alguien así, probablemente al final de la cita sentiremos que hubo una química impresionante, mientras que la otra persona sólo dirá: “Estuvo bien” y no porque en realidad se la haya pasado bien, sino porque es demasiado cortés como para admitir que se aburrió a mares.

 

  • No le gustas tú, sino lo que puede obtener de ti: No me enorgullece admitirlo, pero en tiempos de carencia he aceptado invitaciones a salir sólo porque sé que la cita incluirá comida gratis, la cual, por cierto, deja de ser gratis cuando te das cuenta que la compañía que viene con la comida es tan aburrida que hubieras disfrutado más una maruchan a solas en casa. Y no soy la única persona que hace esto, hay mujeres que salen por temporadas con un dude con el único fin de ahorrarse el Uber; y antes de que los hombres empiecen a lloriquear con que somos unas interesadas, les recuerdo que su género tiene fama de procurar a las damas con fines que no son ni románticos ni fraternales.

 

  • Le gustas pero no para una relación: Todas las personas con las que nos relacionamos nos gustan de una u otra manera, de otro modo no tendríamos razón alguna para tenerlos cerca; sin embargo, el hecho de que nos guste alguien no significa que lo querremos para marido. Hay gente que sólo nos agrada para platicar, para coger o para aminorarnos la soledad, y nada más. Así que aceptémoslo de una buena vez, sobre todo ustedes, caballeros, hay veces que la gente accede a salir por un café porque sólo está buscando tomarse un café. No podemos culpar a la otra persona por no haber alcanzado las expectativas que nuestra creativa mentecita le arrojó encima. Si uno termina defraudado porque estaba esperando algo más, ya es problema propio lidiar con las consecuencias de nuestra necedad.

 

  • No le gustas ni para cuate: Una situación de este tipo no se presta a dobles interpretaciones, realmente cuando tenemos nulo interés en alguien lo demostramos. Los mensajes son respondidos de manera cortante, evitando a toda costa dar pie a que la otra persona nos cuente sobre su vida. Si el remitente insiste en contactarnos, recurriremos al silencio como respuesta. Tampoco aceptamos invitaciones, si lo llegamos a hacer (víctimas de la insistencia) las cancelamos sin remordimientos y no manifestamos la mínima intención de hacer que ocurra otro encuentro. No es nada personal, sencillamente hay quien tiene ya suficientes amigos y no está en ánimo de hacer nuevos, mucho menos si son de esos a los que habrá que explicarles que esa “amistad” no llegará más allá de la mínima cordialidad.

 

  • Le gustaste, pero ya no: Puede que en un principio tu crush haya tenido toda la intención de conocerte más y mantenerse en contacto contigo. Quizá le gustabas un poquito pero antes de que ese poquito creciera conoció a otra persona que le gustó más o se dio cuenta que no quiere una relación (al menos no contigo) o sólo ya no le gustaste y punto. En cualquier caso, su decisión no tiene nada que ver contigo así que no hay por qué tomárnoslo personal. Nadie decide quién le gusta y quién no, simplemente lo siente o no lo siente. Claro que si aun a sabiendas de que las cartas no están a tu favor igual quieres intentarlo, sólo recuerda que algo a la fuerza tiene más probabilidades de asquear que de convertirse en un gusto adquirido.

5 tipos de patanes

Mezclé todo lo que sé y me han contado sobre los patanes, con  las cientos de horas que he pasado mirando televisión y éste fue el resultado:

 

Según un artículo de dudosa fuente que encontré en Internet, las personas acusadas de patanería reúnen lo que los psicólogos de la personalidad han llamado “la tríada oscura”, la cual incluye una alta dosis de narcisismo, es decir, se sienten la flor más bella del ejido y aún no logran comprender qué está esperando el Sol para ponerse a girar alrededor suyo; una mente maquiavélica porque, con tal de conseguir lo que quieren, son capaces de decir o hacer cualquier cosa, y una ligera tendencia psicópata, porque en todo el proceso no sienten la menor culpa. Si usted ha tratado con un patán o patana estará de acuerdo con que hay algo oscuro en su personalidad, sin embargo, tómese la información con reservas y recuerde que uno no puede creer todo lo que lee en Internet y mucho menos si lo dijo un psicólogo.

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