Rocío y la máquina soñar

-Creo que estoy lista para otra mascota.- Le dije a Valeria (aka Hipocampo) un jueves en la tarde mientras perrito negrito (aka Nina) descansaba en mi regazo.

-¿Perro o gato?- Preguntó la criatura marina que cohabita conmigo.

– No sé, tú has tenido ambos, ¿qué recomiendas?

– Mmm… gato. Te vendría bien convivir con uno.

Al día siguiente, Nina encontró un gatito en el cuarto de tiliches de la azotea. Valeria lo sacó de Villa Tétanos y lo llevó al veterinario. Así supimos que el gatito tenía dos meses, que estaba libre de pulgas y que, en efecto, se trataba de un gatito.

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Sala de espera

En la sala de espera del ginecólogo apareció una monja dispuesta a hablarnos de las muchas formas en que nos tienta el diablo, aunque ya era suficiente con saber que un extraño estaba por tentarnos. Cuando se le agotó el discurso, sacó la biblia. Como la participación era escasa, inició una oración. A medio rosario me hablaron para pasar a revisión, me levanté tan rápido que se me cayó mi bolsa y la monja tuvo la consideración de pausar la rezadera en lo que la señorita levantaba su desmadre. Nunca había sentido tanta urgencia porque un extraño me abriera de piernas y le mostrara mi interior a dos enfermeras y tres estudiantes de medicina. Luego, preguntas sobre mi número de parejas sexuales, la última vez que cogí, abortos, partos, hijos o cesáreas.

Del asunto al que iba, todo bien, supongo que la dignidad sanará con el tiempo.

Un whiskey ¡por favor!

Fui al Oxxo por una latita de whiskey para pasarme los tragos de procrastinación que me tendrán trabajando todo el fin de semana:
-Me muestras tu identificación-. Me solicitó la señora cajera.

Sonreí, hacía mucho que no me la pedían. La perdí en octubre y he postergado la reposición porque ocupada sacando a flote la adultez. Si alguien quiere corroborar mi mayoría de edad, que me vea las ojeras. Seguir leyendo