Qué le diría a mi crush si me atreviera a hablarle

 

Me da vergüenza hablar en público, esto incluye juntas de trabajo, restaurantes atiborrados donde es preciso alzar la voz para ser oído por el mesero o una calle vacía donde la única audiencia es un extraño a quien preguntarle por una dirección; en tal caso, prefiero perderme en privado que hacer públicos mis extravíos.

Admiro a las personas que no temen hacerse notar, que preguntan, saludan, gritan y opinan sin importarles cuál estúpido pueda sonar lo que sale de su boca. Me gustaría ser más como ellos, pero también quisiera que ellos fueran menos como son y aprendieran a conformarse en silencio, como lo hacemos todos los que por miedo a expresarnos terminamos por hacer lo que ellos dicen.

“Si yo tuviera tu físico, no sería insegura…” me dijo una amiga cuando le confesé que no tenía la confianza para intentar hablar con mi crush. Yo bajé la cabeza y mascullé un tímido “gracias” que confirmó lo que le venía diciendo, me falta actitud ganadora. En cuanto al crush, no me preocupa tanto el rechazo, sino que la plática siga y entonces ya no pueda manejar tanta presión sostenida. Mis complejos surgen por la incapacidad de dejarme llevar, de aceptar que en la vida ganan los que se sueltan, no los que están buscando todo el tiempo de dónde agarrarse.

“En la vida ganan…” lo escribí sin detenerme a reflexionar que esa premisa no es mía, es de los que inventaron esta cruel competencia de habilidades sociales. Si el juego consistiera en descubrir quién mira más hondo hacia dentro, quién encuentra más paz en sus pensamientos o quién puede ser tan discreto que desaparece, entonces el marcador sería diferente. Pero los inseguros insistimos en seguir las reglas de un juego que no fue hecho para nosotros, porque no tenemos el valor de tirar el tablero o, mínimo, ignorar la presión de estar permanentemente haciendo reta.

Cuando sé que me encontraré en una circunstancia donde es inevitable hablar, escribo antes lo que voy a decir, lo repaso tantas veces que me lo aprendo y entonces parece que creo en lo que digo, aunque en realidad esté caminando sobre la cuerda floja de la memoria. Nadie me ve cuando escribo, ni cuando lee mis escritos. Si lo hicieran, no escribiría. La distancia física con el lector es la seguridad de los tímidos. Estas líneas, por ejemplo, surgieron al pensar qué le diría a mi crush si me atreviera a hablarle.

La sola idea de esta conversación movió mi suerte. Hace rato el crush pasó junto a mí y me preguntó algo. Le respondí cortante, no me gusta que me interrumpan cuando estoy escribiendo.

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Escribir “en serio”

“¿Ya piensas escribir en serio?”, me preguntaron el otro día. Fue más fácil responder una zoncera, que explicar que desde hace tres años no he hecho otra cosa. No ha pasado un día en que no escriba, lea, vaya a talleres, rumie ideas o, en su defecto, me recrimine por no estar haciendo alguna de las anteriores. Si eso no es tomar con seriedad un oficio, entonces, por favor, que los autores serios me expliquen cómo se hace.

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A mis amigos machistas:

Hay hombres que asumen que el simple hecho de nunca haber violentado física o sexualmente a una mujer, los libra de ser considerados machistas. Asumen, por ejemplo, que por abstenerse de gritarnos improperios en la calle, ya son grandes promotores de la igualdad de género. Se ubican a sí mismos del lado de los buenos, de los justos, de los caballeros, sin cuestionarse su forma de pensar y actuar en lo cotidiano. Dicen que #NoTodosLosHombres son así, se quejan de que ahora ya no nos pueden ni voltear a ver, pero no hacen el mínimo intento por comprender por qué nos enojan tanto esas miradas y porque su falta de interés y empatía también nos parece machista.

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Taxonomía del dolor

Nunca sabremos con precisión cuánto le duele algo a alguien porque cada piel es distinta y cada punzada lleva su propio camino. Los dolores son únicos pero hay unos que duelen más que otros. A los más grandes es inútil compararlos, se anuncian, se quedan, se callan y se van; luego vendrán los siguientes a posarse sobre la costrita que dejaron los primeros, y entonces uno ya no tiene la sensibilidad para distinguir cuál le ha dolido más.

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