La confianza de los ganadores

Me da vergüenza hablar en público, esto incluye juntas de trabajo, restaurantes atiborrados donde es preciso alzar la voz para ser oído por el mesero o una calle vacía donde la única audiencia es un extraño a quien preguntarle por una dirección; en tal caso, prefiero perderme en privado que hacer públicos mis extravíos.

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Escribir “en serio”

“¿Ya piensas escribir en serio?”, me preguntaron el otro día. Fue más fácil responder una zoncera, que explicar que desde hace tres años no he hecho otra cosa. No ha pasado un día en que no escriba, lea, vaya a talleres, rumie ideas o, en su defecto, me recrimine por no estar haciendo alguna de las anteriores. Si eso no es tomar con seriedad un oficio, entonces, por favor, que los autores serios me expliquen cómo se hace.

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A mis amigos machistas:

Hay hombres que asumen que el simple hecho de nunca haber violentado física o sexualmente a una mujer, los libra de ser considerados machistas. Asumen, por ejemplo, que por abstenerse de gritarnos improperios en la calle, ya son grandes promotores de la igualdad de género. Se ubican a sí mismos del lado de los buenos, de los justos, de los caballeros, sin cuestionarse su forma de pensar y actuar en lo cotidiano. Dicen que #NoTodosLosHombres son así, se quejan de que ahora ya no nos pueden ni voltear a ver, pero no hacen el mínimo intento por comprender por qué nos enojan tanto esas miradas y porque su falta de interés y empatía también nos parece machista.

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Taxonomía del dolor

Nunca sabremos con precisión cuánto le duele algo a alguien porque cada piel es distinta y cada punzada lleva su propio camino. Los dolores son únicos pero hay unos que duelen más que otros. A los más grandes es inútil compararlos, se anuncian, se quedan, se callan y se van; luego vendrán los siguientes a posarse sobre la costrita que dejaron los primeros, y entonces uno ya no tiene la sensibilidad para distinguir cuál le ha dolido más.

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Huaraches

Me perdí en el metro, cuando encontré mi salida empezó a llover. Mal día para andar de huaraches, costumbre de provincia que me traje en la maleta. Corrí hasta un supermercado y me gasté lo de la comida de la semana en una sudadera. Así mi urgencia de calidez.

En junio de hace cuatro años me mudé a la ciudad. Desde entonces he tenido varios empleos, y ninguno. Meses de frijoles fríos, mocos secos y ojos mojados. Cambios de oficio, de casa y de vida. Gente que se queda, que se fue y otros que hubo que correr. Momentos en los que la única razón para quedarme era la incertidumbre de regresar.

Narvarte, Iztacola, La Viga, Santa Maria La Ratera… Tania, Cint, Beto, Elvirus, Rox, Kareli, Juan, Sahib, Valeria y otros nombres que iré olvidando. El Bull, Las Piernudas, La Malquerida, La Rosario Castellanos… Tantas manos extendidas, abrazos del tamaño de una casa, promesas postergadas, verdades a medias y oasis cotidianos.

Aquí seguimos, más viejos, más sabios, más felices, y en días como hoy, igual de pendejos que el primer día, ése en que CDMX me demostró que aquí no es lugar para huarachitos tapatíos.

Mi primer acoso (y los más memorables)

Tenía doce años la primera vez que un pervertido me metió mano en la calle. Iba en patines hacia la papelería cuando me tocó un seno al pasar junto a él. Me asusté muchísimo y patiné tan rápido como pude, no sin antes gritarle “viejo puerco”, porque a esa edad no me permitía siquiera pensar en groserías. Me sentí triste y profundamente confundida ¿por qué alguien habría querido tocarme? Si a la fecha no tengo curvas, a los doce era un absoluto espagueti, ¿cómo es que yo, una niña flacucha que se vestía como vato había despertado el deseo de alguien? En ese momento entendí que a los acosadores no les importa tu aspecto físico, si te encuentran atractiva o no, lo que les importa es el poder, quieren sentir que por un instante pueden dominar a alguien, infundir en otra persona el miedo y la misma sensación de insignificancia que muy probablemente los ha perseguido durante toda su vida. “Si me vuelve a pasar, me voy a defender…” Pensé ese día.

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