Bitácora de un corazón arado

La primera vez que me rompieron el corazón estaba convencida de que nunca se iría la tristeza. Eran vacaciones de verano, no salí de mi cuarto durante semanas, me fui de viaje para tomar otros aires y me dio diarrea en la carretera.  Berrié hasta bajar de peso y cada intento por sentirme mejor se consumía en la imposibilidad de volver a estar juntos. Hubo un día en que incluso lloré al ver un semáforo porque estaba en rojo, igual que la playera que mi ex traía puesta cuando terminamos. Tenía 17 años. Como todo lo que pensaba en esa época, me equivocaba, lo superé en menos de lo que llegó la siguiente estación y volví a mi estado de ánimo normal, bajo pero sin llorar en los cruces peatonales.

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El perro y la muerte

A una pareja agonizante siempre se le puede dar un mes más de vida. Las promesas que no pensamos cumplir son un paliativo para posponer el entierro, para convencernos de que no es un funeral lo que necesitamos, sino un viaje, un nuevo departamento o un perro. Nos decimos tantas veces que las cosas pueden mejorar, aunque que todo nuevo intento ha sido un clavo más en el féretro; cada latido, por débil que sea, lo envolvemos de anhelo para no aceptar que trajimos al perro a un panteón.

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Melancolía de Abril

A mí mi ex nunca me escribe. Ni en año nuevo, ni en mi cumpleaños, ni en caso de terremoto, ni en todo el mes en que mi nombre aparece en cada hoja del calendario. Cortamos hace tres años, en una charla de media hora después de dos años juntos y otros dos de no saber separarnos. Me dijo que no iba a desaparecer y nos dimos un abrazo que tuvo el efecto de un exorcismo. Quince minutos después de soltarnos no volví a saber de él. No es queja.

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En un mundo liquidado sólo la amistad puede sacarnos a flote

Llegamos al mundo cuando la fiesta del progreso  ya se estaba terminando, y como en todo after sólo nos tocaron sobras y decadencia. Crecimos con la constante amenaza de la devaluación, la inseguridad y el cambio climático, danzamos a ciegas en los linderos del fin. Lo que nos heredaron no es más que el cascajo de lo que fue. La realidad sólida se derritió, sólo quedan espejismos de superación que desaparecen en cuanto los tocas: vivimos en un tiempo que está dejando de existir.

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Esto es un infierno

O cómo lidiar con el herpes zóster

Después de una hora buscando mis llaves, acepté los hechos: las dejé pegadas a la puerta, mis vecinos las tomaron y entrarían a robar en cualquier momento. Desde que se mudaron me pareció que había algo falso en ellos, ella finge orgasmos y él usa playeras de Ferrari, aunque ni siquiera tiene coche. La única solución era cambiar la chapa. Quise llamar al cerrajero, pero no encontré mi celular, seguro los vecinos ya habían entrado por él… Incluso aparecieran mis llaves, todo estaba perdido, habían tenido tiempo suficiente para sacarles una copia y aprovecharían cualquier descuido para venir por lo demás. “Esto es un infierno”, exclamé antes de echarme a llorar sobre el sillón. Bajo mis lágrimas encontré las llaves, el celular estaba sobre la mesa; lo único que sigue desaparecido es mi estabilidad emocional.

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Amigos tóxicos

¿Por qué es tan difícil decir “no quiero”? “No quiero acompañarte”, por ejemplo, o “no se me antoja platicar contigo”, “te agradezco la invitación, pero no tengo ganas… ”. Nos enseñan a condescender, mas nadie nos dice cómo rechazar a la gente que nos desagrada y mucho menos se nos permite decirle “no” a los que se supone que deberían agradarnos.

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