A mis amigos machistas:

Hay hombres que asumen que el simple hecho de nunca haber violentado física o sexualmente a una mujer, los libra de ser considerados machistas. Asumen, por ejemplo, que por abstenerse de gritarnos improperios en la calle, ya son grandes promotores de la igualdad de género. Se ubican a sí mismos del lado de los buenos, de los justos, de los caballeros, sin cuestionarse su forma de pensar y actuar en lo cotidiano. Dicen que #NoTodosLosHombres son así, se quejan de que ahora ya no nos pueden ni voltear a ver, pero no hacen el mínimo intento por comprender por qué nos enojan tanto esas miradas y porque su falta de interés y empatía también nos parece machista.

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Mi primer acoso (y los más memorables)

Tenía doce años la primera vez que un pervertido me metió mano en la calle. Iba en patines hacia la papelería cuando me tocó un seno al pasar junto a él. Me asusté muchísimo y patiné tan rápido como pude, no sin antes gritarle “viejo puerco”, porque a esa edad no me permitía siquiera pensar en groserías. Me sentí triste y profundamente confundida ¿por qué alguien habría querido tocarme? Si a la fecha no tengo curvas, a los doce era un absoluto espagueti, ¿cómo es que yo, una niña flacucha que se vestía como vato había despertado el deseo de alguien? En ese momento entendí que a los acosadores no les importa tu aspecto físico, si te encuentran atractiva o no, lo que les importa es el poder, quieren sentir que por un instante pueden dominar a alguien, infundir en otra persona el miedo y la misma sensación de insignificancia que muy probablemente los ha perseguido durante toda su vida. “Si me vuelve a pasar, me voy a defender…” Pensé ese día.

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