La insoportable persona que vive dentro de uno

“Sabemos el tipo de persona con la que tienes que lidiar…” decía un mensaje que abrí por error en un celular ajeno. La persona de la que hablaban era yo; la que enviaba el mensaje, una amiga. No me sorprende que la gente cercana me encuentre difícil, incluso para mí es complicado convivir conmigo. Los demás tienen la opción de alejarse, yo no: o me aguanto o soy otra.

Admitir que uno tiene que aguantarse a sí mismo podría parecer una cuestión de auto rechazo, sin embargo, también implica una gran carga de aceptación. Hay que descubrir de qué estamos hechos para después decidir qué de nosotros se necesita, qué se tira y qué, aunque sobre, se queda porque nos gusta.

El hombre infiel, por ejemplo, en el fondo se congratula cada vez que le dice a la amantita: “aléjate, no soy de fiar…”. El desconsiderado cree que expía sus abusos con una bromita: “si ya saben cómo soy, pa qué me invitan…”; la culerita se justifica diciendo que lo suyo no es crítica, sino descripción. Hay cosas que sabemos que podríamos cambiar, pero no hemos encontrado razones para intentarlo. Somos como el adicto al cigarro que sus últimos alientos los intercala entre el tanque de oxígeno y otra fumadita.

Muchas relaciones fracasan porque uno tiene defectos que son incompatibles con los defectos del otro y ninguno está dispuesto a dejar los suyos. La gente se divorcia, las amistades se acaban, la familia se separa porque no tenemos la humildad para reconocer que podemos mejorar, ni la voluntad de intentarlo. Entonces, el mundo se convierte en un garabato de voces, todas proclamando la misma sentencia: “Así soy, ¿y qué?”

Aunque nos esforcemos por maquillar nuestros defectos, eventualmente un berrinche, un enojo o un abuso revelarán que no hemos podado bien nuestras espinas: uno puede cambiar de color, pero no de forma. Lo alentador de esto es que, en un mundo habitado por defectuosos, ser un cactus sólo es grave si uno se rodea de globos, los cuales, por cierto, también tienen defectos, por ejemplo, ser demasiado sensibles.

Entonces, ¿cómo lidiar con nuestros defectos sin ondearlos en la cara de otros, ni lamentarnos por nuestra condición humana? Quizá este dilema podría resolverse como casi todos los conflictos: con diálogo. Hablar con uno hasta que podamos establecer acuerdos de convivencia entre nosotros y nuestros defectos. Llevarlos sin que nos pesen y aprender a ponerlos donde no les estorben a quienes tenemos cerca.

Foto: Karla Guerrero

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Los niños ya no saben jugar

En los 90, mi papá coleccionaba los muñecos de la cajita Sonric’s, esos que eran réplicas de plástico de las caricaturas de Hannah-Barbera. Pese a su intento por convencerme de que era más divertido verlos que jugar con ellos, insistí en hacerlos míos. Mis favoritos eran el elenco de Popeye porque, aunque nunca vi el show de TV, me ofrecían grandes posibilidades narrativas fuera del guion.  Con muebles en miniatura, cada tarde armaba el set y montaba el episodio de una telenovela que tenía más o menos el siguiente argumento:

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Escribir “en serio”

“¿Ya piensas escribir en serio?”, me preguntaron el otro día. Fue más fácil responder una zoncera, que explicar que desde hace tres años no he hecho otra cosa. No ha pasado un día en que no escriba, lea, vaya a talleres, rumie ideas o, en su defecto, me recrimine por no estar haciendo alguna de las anteriores. Si eso no es tomar con seriedad un oficio, entonces, por favor, que los autores serios me expliquen cómo se hace.

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Homotensión

Platicamos hasta que el sueño fue más fuerte que lo que nos queríamos decir. Estábamos acostadas en una cama individual, apenas podíamos movernos sin que nuestros cuerpos se encontraran. Nuestras manos se tocaron, por accidente, se reconocieron con timidez, un contacto de segundos que se abstrajeron del tiempo. Nos soltamos antes de que se hiciera nombrable lo que estábamos sintiendo. Sólo éramos dos amigas que en un viaje tuvieron que compartir una cama, una situación tan cotidiana que sería irrelevante, de no ser por la claridad con que lo recuerdo.

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A mis amigos machistas:

Hay hombres que asumen que el simple hecho de nunca haber violentado física o sexualmente a una mujer, los libra de ser considerados machistas. Asumen, por ejemplo, que por abstenerse de gritarnos improperios en la calle, ya son grandes promotores de la igualdad de género. Se ubican a sí mismos del lado de los buenos, de los justos, de los caballeros, sin cuestionarse su forma de pensar y actuar en lo cotidiano. Dicen que #NoTodosLosHombres son así, se quejan de que ahora ya no nos pueden ni voltear a ver, pero no hacen el mínimo intento por comprender por qué nos enojan tanto esas miradas y porque su falta de interés y empatía también nos parece machista.

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