Huaraches

Me perdí en el metro, cuando encontré mi salida empezó a llover. Mal día para andar de huaraches, costumbre de provincia que me traje en la maleta. Corrí hasta un supermercado y me gasté lo de la comida de la semana en una sudadera. Así mi urgencia de calidez.

En junio de hace cuatro años me mudé a la ciudad. Desde entonces he tenido varios empleos, y ninguno. Meses de frijoles fríos, mocos secos y ojos mojados. Cambios de oficio, de casa y de vida. Gente que se queda, que se fue y otros que hubo que correr. Momentos en los que la única razón para quedarme era la incertidumbre de regresar.

Narvarte, Iztacola, La Viga, Santa Maria La Ratera… Tania, Cint, Beto, Elvirus, Rox, Kareli, Juan, Sahib, Valeria y otros nombres que iré olvidando. El Bull, Las Piernudas, La Malquerida, La Rosario Castellanos… Tantas manos extendidas, abrazos del tamaño de una casa, promesas postergadas, verdades a medias y oasis cotidianos.

Aquí seguimos, más viejos, más sabios, más felices, y en días como hoy, igual de pendejos que el primer día, ése en que CDMX me demostró que aquí no es lugar para huarachitos tapatíos.

Por ignorar al psicólogo…

Antes de entrar a la universidad estuve yendo a terapia. En ese entonces estaba indecisa entre diseño gráfico y psicología. Sofía, la terapeuta, sugirió que un punto medio entre ambas podría ser mercadotecnia. Hice caso omiso de su consejo y me matriculé en psicología.

Ahora que trabajo en marketing supongo que debí haberla escuchado; pero, igual que en ese entonces, sigo dudando del juicio de los psicólogos.

Sala de espera

En la sala de espera del ginecólogo apareció una monja dispuesta a hablarnos de las muchas formas en que nos tienta el diablo, aunque ya era suficiente con saber que un extraño estaba por tentarnos. Cuando se le agotó el discurso, sacó la biblia. Como la participación era escasa, inició una oración. A medio rosario me hablaron para pasar a revisión, me levanté tan rápido que se me cayó mi bolsa y la monja tuvo la consideración de pausar la rezadera en lo que la señorita levantaba su desmadre. Nunca había sentido tanta urgencia porque un extraño me abriera de piernas y le mostrara mi interior a dos enfermeras y tres estudiantes de medicina. Luego, preguntas sobre mi número de parejas sexuales, la última vez que cogí, abortos, partos, hijos o cesáreas.

Del asunto al que iba, todo bien, supongo que la dignidad sanará con el tiempo.

Un whiskey ¡por favor!

Fui al Oxxo por una latita de whiskey para pasarme los tragos de procrastinación que me tendrán trabajando todo el fin de semana:
-Me muestras tu identificación-. Me solicitó la señora cajera.

Sonreí, hacía mucho que no me la pedían. La perdí en octubre y he postergado la reposición porque ocupada sacando a flote la adultez. Si alguien quiere corroborar mi mayoría de edad, que me vea las ojeras. Seguir leyendo