Lo que he aprendido de las veces que fui infiel

Cuatro o cinco veces, teniendo pareja, me he dado unos besos con alguien más. Algunas fueron ocasionales, crímenes perfectos sin alevosía, evidencias, ni víctimas; inconvenientes previsibles de una relación a distancia. Otras fueron el pretexto que necesitaba para terminar un noviazgo en el que fui infeliz por años. Pero la más significativa fue un desliz que pudo haber sido otro crimen perfecto, de no ser porque me dejó por días una punción en los labios: ¿Por qué lo hice si, en esencia, no soy una persona infiel? ¿O sí soy? 

“Es que eres Aries”, me justifica un amigo que también nació con este designio astral. Se sabe que los Aries somos egoístas, impulsivos y tendemos a aburrirnos con facilidad, la fórmula perfecta para que estemos en búsqueda perpetua de nuevas emociones; pero, ¿cuál es la excusa de los otros once signos? Le pregunté a 100 personas si habían engañado a alguien, 62 respondieron que sí, y casi la mitad de ellas me contaron qué fue lo que les motivó a ponerle los cuernos a su pareja. 

La infidelidad es un impulso

Quizá mis cuatro o cinco tropiezos no son comparables con mantener un affair por años o tener otra familia; sin embargo, lo que hace que tanto unos besitos como el adulterio sacudan profundamente una relación es la ruptura de acuerdos, el daño a la confianza y la desconcertante contradicción de poner en juego algo que, en teoría, no queremos perder (o de otro modo optaríamos por separarnos). 

Cometer una infidelidad nos obliga a cuestionarnos no solo las dinámicas de una relación, sino también quiénes somos y qué tan dispuestos estamos a convertirnos en alguien que lastima y le oculta información importantísima a esa persona que, se supone, nos comprometimos a procurar y cuidar. Por eso, engañar a alguien es un síntoma de que necesitamos replantear aspectos fundamentales de nuestra vida.

El autodescubrimiento está en los otros

Para escribir estas líneas, platiqué con unas 30 personas sobre las razones por las que fueron infieles. Algunas son más superficiales, como la calentura o la mera curiosidad, otras están enraizadas en ajustes de cuentas, miedos e inseguridades de años de conflictos de pareja. Sin embargo, cada engaño buscaba satisfacer una necesidad: sexual, emocional, de atención, vanidad, venganza, poder, etc.

Una de las ilusiones de la monogamia es la platónica idea de que existe otro ser en el mundo que nos complementa y comparte todos nuestros valores, intereses y expectativas; como si una sola persona pudiera ser absolutamente todo lo que deseamos. Pero, si esta persona vive cruzando el océano, ¿cómo podría cubrir nuestras necesidades más inmediatas? Si es a quien llevamos años amando, ¿qué puede hacer para satisfacernos la urgencia de novedad? Si es nuestra compañera de vida, ¿cómo experimentamos en ella el pálpito de lo prohibido? ¿Qué hacemos con las necesidades que ni siquiera sabemos que tenemos hasta que el roce de otra piel las despierta?

Más que una cuestión de satisfacción, lo que subyace detrás de un engaño es el deseo. El deseo de atención, el deseo de sentirnos deseados o el deseo de sentir algo que no hemos podido hallar en nosotros mismos. Como plantea Esther Perel en su maravillosa charla, Repensando la infidelidad, la verdadera pregunta de los infieles es, ¿no estamos conformes con la persona con la que estamos o con la persona en la que nos hemos convertido?

Engañas cuando ya no puedes engañarte

“Le puse el cuerno porque ya andábamos mal.”, “En el fondo, nunca le amé.”, “Ya quería terminar y no sabía cómo.” ¿Cuántas veces hemos mantenido relaciones más por hábito y apatía que por el genuino deseo de estar con esa persona? Luego, tratamos de convencernos una y otra vez de que lo que tenemos funciona solo por evitarnos la confrontación y la incertidumbre de empezar de nuevo por cuenta propia. 

Cuando compartimos vida con alguien, separarnos también implica cuestionarnos nuestra identidad y reencontrarnos entre toda esa maraña que entretejimos con quien ya no queremos cerca, pero no hemos tenido la voluntad de alejar.

En esos casos en que no hallamos en nuestro interior la energía para terminar una relación, la sola presencia de un tercero puede ayudarnos a recordar quiénes éramos antes de asumir que estamos atrapados. Ese deseo súbito y prohibido nos recuerda lo que era sentirnos libres y vivos, y lo único que necesitamos para entregarnos a esa sensación es en un pequeño empujón de nuestras hormonas. 

El quiebre es un resurgimiento 

Cada engaño es, o una válvula para liberar un deseo insatisfecho o el catalizador de un cambio que, no necesariamente implica cambiar de pareja, sino de acuerdos y dinámicas. La infidelidad es solo otra forma en que se manifiestan los conflictos que no hemos resuelto, los descuidos, la flojera, el desinterés y los silencios. Por eso, un engaño es la antesala de una decisión tantas veces postergada: o terminamos o lo volvemos a intentar desde otro punto de partida. 

El amor no basta sino se apoya en atenciones y cuidados diarios. El amor resiste al tiempo cuando escuchamos los mismos temas una y otra vez, y seguimos interesándonos, cuando soltamos la comodidad de Netflix y nos regalamos una cita, cuando decimos lo que nos molesta en cuanto lo sentimos y no cuando se vuelve insoportable.

El amor está en procurarnos, querernos, perdonarnos y aceptar que, por mucho que le amemos, habrá aprendizajes que no encontraremos en nuestro compañero de vida, sino en cuatro o cinco personas que al pasar por allí nos revelaron lo que no estábamos viendo de nuestra relación y de nosotros mismos.

Ilustración: Hipocampo 

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