Todo lo que no dije me explotó en la cara

Todo lo que no dije me explotó en la cara

Todo lo que no dije me explotó en la cara, no literalmente, pero casi. Durante años estuve en una relación complicada, de esas en las que constantemente te sientes insegura, triste e insuficiente, en las que te agreden de tantas maneras, tan frecuentemente que empiezas a creer que ese el trato que mereces.

Puse demasiado esfuerzo en hacer que funcionara, en evitar conflictos, en entender el punto de vista de la otra persona a tal grado de empatizar más con ella que conmigo. Le daba mucho valor a lo que recibía y muy poco a lo que daba, casi todo el tiempo me cuestionaba si realmente estaba cumpliendo con las expectativas que había sobre mí, y al hacerlo terminé por justificar la violencia que estaba viviendo. 

Hice tantas maromas mentales para contarme una historia que hiciera ver mi situación menos terrible de lo que era, que cuando al fin terminó pensé que simplemente podría darle la vuelta a la página y continuar con mi vida como si aquello nunca hubiese sucedido. Pero el estrés, el enojo y la tristeza acumulada no desaparecen de repente, al contrario, se desbordan cuando dejamos de estar en constante estado de supervivencia. El cuerpo es sabio y siempre encuentra la manera de expresar lo que nosotras no nos atrevemos a nombrar.

A las semanas de que salí de esa relación todo lo que callé, el enojo que reprimí y el maltrato que no quise ver, se manifestaron de una forma imposible de ignorar: me dio una parálisis facial. Específicamente, tuve el síndrome de Ramsey Hunt (el mismo que le dio a Justin Bieber) que es un tipo de herpes zoster que se expresa en el oído y nervio facial. 

Primero me salieron unas dolorosisimas ronchas en la oreja, que para mí fueron la representación de la ira contenida ante tantas agresiones escuchadas. Por la misma afectación a los nervios, no podía cerrar bien el ojo, pero yo creo que fue por todas las veces que volteé cobardemente hacia otro lado ante situaciones que sabía que eran injustas. Y lo peor, se me deformó la sonrisa.  Por más que quería pretender que todo estaba bien, que el trauma había quedado en el pasado, una mueca en mi rostro era la evidencia de un daño profundo que había afectado mucho más que mi nervio facial.

Recuperarme del todo me tomó varias semanas de fuertes medicamentos y aún más fuertes conversaciones internas. Pasé varios días desolada, con mucho temor de que la enfermedad se agravara o que ya no pudiera volver a mi normalidad. También estaba muy avergonzada por haber soportado malos tratos y no haber tenido la sabiduría para identificarlos, ni el valor de defenderme.

Pero lo más difícil de este proceso fue darme cuenta de que me hacía muchos más reproches a mí y estaba más molesta conmigo, que con la persona que había desencadenado en mí todas estas emociones… y eso a su vez, en lugar de provocar que mi enojo cambiaría de objetivo, me creó un extrañísimo meta-enojo que hizo que me enojara aún más conmigo por no haberme enojado en el momento correcto y con la persona correcta.

Físicamente, sané rápido y por completo, y en cosa de una semana mi cara volvió a su asimetría típica, pero emocionalmente, aun tengo mucho que trabajar en mi relación con el enojo. Como siempre, a los primeros que responsabilicé por la tibieza de mi carácter fue a mis papás por haberme reprendido cada que ponía límites y por forzarme a normalizar el hecho de que las personas los transgredieran. También culpé al patriarcado por aquello de que las mujeres no tenemos derecho a enojarnos sin ser llamadas «histéricas»; y de paso, recordé a la ex que me hizo tanto gaslighting que cada que me enojaba con ella, la que terminaba disculpándose era yo.

Cada vez soy más consciente de las veces que me contengo de expresar enojo por mi temor a incomodar o lastimar a alguien cercano, de cómo negocio conmigo para sondear si realmente es válido lo que siento o solo estoy exagerando, y aun cuando estoy en situaciones donde la lógica me dice que el enojo sería la reacción más esperada de cualquier persona sana, me arrojo sobre mi furia para que la exploción no afecte a otros, aunque hayan sido precisamente esos otros quienes activaron el detonador.

Ahora pienso que la experiencia que me explotó en la cara fue la forma en que mi cuerpo me guió hasta emociones que en mi esfuerzo por reprimir me afectaron seriamente. Estoy aprendiendo que hay dignidad en la rabia y ese fuego que siento en mí ante las faltas de respeto, no me hace pirómana, sino que es un indicador de que necesito protegerme. Sé que no puedo cambiar lo vivido, pero sí puedo honrarlo y mantener esa chispa que dejó en mí. Dignificar mi rabia y nombrarla cuando sea necesario, proteger mi cuerpo de incendios y usar el fuego para poner antorchas a la vista de quien tenga que verlas.

Ilustración: Ollie Torres

Deja un comentario