He tenido unas cincuenta primeras citas a lo largo de mi vida; puede que parezcan muchas… o pocas, considerando mi edad. Me encantaría decir que es porque he tenido años alocados, llenos de excesos y amoríos, pero en realidad es mero criterio estadístico, cosas que pasan cuando tienes más de treinta años y nunca has estado en una relación a largo plazo.
Desde el punto de vista del amor romántico, una primera cita exitosa sería esa que se convierte en la última primera, y a partir de ahí salimos con la misma persona una y otra vez hasta que la siguiente cita sea en el registro civil. Las parejas que lograron esto desde muy jóvenes se perdieron (entre varias otras cosas) de la desgastante experiencia de conocer gente cuando ya no tienes el pretexto de pedir los apuntes de clase, ni la energía para juntarte con un extraño con el único plan de hacerse preguntas. Crear nuevos vínculos puede ser tan desgastante, que hasta he llegado a entender a quienes prefieren volver con su ex.
Después de cierta edad, mi número de amistades se ha reducido tanto que ya nadie tiene conocidas que presentarme, y si de repente me siento intrépida y salgo de fiesta algún fin de semana, me topo con que la mayoría de personas de mi edad se ha quedado en casa porque ellxs sí encontraron pareja en sus veinte. Si no fuera por las apps de ligue y uno que otro golpe de suerte, creo que no habría tenido cincuenta citas, sino cinco que, para ser honesta, es más o menos la cantidad de veces que un primer encuentro me ha llevado a algo más significativo.
He vivido primeras citas mágicas en las que de repente no sabes cómo han pasado ocho horas (o 72 en tiempos lésbicos) y lo único que piensas al despedirte es en cuándo se volverán a ver. También he tenido otras pésimas que me han hecho replantearme tanto mis elecciones de vida como mi fe en la humanidad (y seguro más de una vez yo he causado una impresión parecida). Pero en la mayoría de casos lo único que tuvimos en común fue la intención de no volvernos a ver.
Una de las ventajas de tanta práctica es que me he hecho mucho más tolerante al rechazo. Antes, si me ghosteaban o sentía que para allá iban, me obsesionaba pensando en todo lo que pude haber hecho mal; pero tras varios años de salir con gente bastante decente en la que yo no tuve interés (a lo mejor por no estar acostumbrada a la decencia) pude entender que no gustarle a alguien no significa que yo sea terrible prospecto; simplemente la otra persona tiene derecho al mal gusto.
Además de gestionar mejor el rechazo, tener evidencia empírica de que hay muchos peces en el mar me ha ayudado a afinar mejor mis expectativas, ser más consciente de lo que estoy dispuesta a aceptar, a darme el tiempo de conocer a alguien antes de comprometerme y a sortear las trampas del amor romántico en las que muchas veces caí creyendo que solo porque habíamos sentido la mínima simpatía aquello ya daba para algo más que otro par de salidas chafas.
En mi experiencia, que ya se ha dicho que es amplia, el escenario más simple es que una cita salga mal y listo, cada quién para su casa; pero cuando sale bien, cuando queda establecido que hubo química, simpatía y atracción, toca decidir qué hacer con eso y de allí surgen un sinfín de posibilidades que te exponen a riesgos mucho más altos que el rechazo.
Recuerdo con claridad las contadas primeras citas en que supe que mi vida estaba por cambiar. Recuerdo cuando descubrí la risa de alguien que terminé amando profundamente y esa tierna torpeza de la primera despedida; pero también recuerdo el dolor de las despedidas definitivas, la desesperación de no saber cómo reparar las grietas entre nosotrxs y las veces en que se rompió de tal manera mi corazón que en lo último que pensaba era en volver a exponerme a una cita que saliera tan bien, que llegara otra vez a este punto de convertirnos en dos extraños.
Y, sin embargo, lo volví a hacer. Hasta ahora, ninguna experiencia me ha quitado la idea de que es casi milagroso que un completo desconocido se convierta en un coprotagonista en mi vida, incluso cuando a la larga pueda terminar en un papel antagónico. Pese a las incomodidades y riesgos, sigo apostando por el universo de posibilidades que hay detrás de una primera cita. Si hago un balance entre lo vivido, lo perdido y lo aprendido, volvería a presentarme otras cincuenta veces más a ese encuentro con lo incierto.







Deja un comentario