La mayor parte de nuestra vida estará conformada por momentos ordinarios: solo en contadas ocasiones presenciaremos nacimientos, muertes y eventos con el potencial de cambiar el rumbo de nuestros días. El resto del tiempo, estamos tejiendo la delicada red que le da forma a lo que consideramos nuestra realidad: levantarnos por la mañana, prepararnos un café, regar las plantas, ver compulsivamente el celular y hacer lo que no haríamos por gusto, pero que, de no hacerlo, no podríamos costear todo lo demás. Lo que podría parecer irrelevante forma la base donde todo lo demás, incluso lo de verdadera trascendencia, sucede.
Cuando Ximena y Víctor se mudaron juntos, cada quien llevó sus pertenencias, sus hobbies, su manera de querer, sus manías y sus carencias emocionales. De alguna manera que involucró meses de dudas, peleas y negociaciones, lograron acomodarlo todo: Ximena aprendió a convivir con un clóset atiborrado de playeras negras que solo a los ojos de Víctor eran diferentes entre sí; aprendió a tomar aire cada que veía la barra de jabón llena de pelos y a limpiar la cafetera italiana que Víctor dejaba escurriendo cada maldita vez que la usaba. Después de todo, era un pequeño esfuerzo a cambio de esa taza de espresso que a nadie le quedaba como a él.
Para Víctor tampoco fue fácil. Aún años después de vivir juntos, no lograba entender cómo una persona con solo dos pies podía necesitar tantos pares de zapatos, pero siempre sonreía cuando Ximena lograba un outfit de impacto con el par de botas que él le había insistido que no comprara. Tuvo que adaptarse a una nueva dieta que involucraba muchas más verduras de las que había comido en toda su vida, y aunque se quejaba en cada oportunidad, nunca se había sentido tan ligero. Dejó de quejarse por la cantidad de pelo que Ximena dejaba en el piso de la regadera y asumió que le implicaría mucho menos esfuerzo destapar el caño una vez al mes que pelearse con ella cada que se daba un baño.
Al acomodarlo todo, la vida comenzó a sentirse más llevadera. Por un tiempo fue como si vivieran en una pijamada perpetua; había mañanas en las que no tenían ni cinco minutos despiertos cuando uno ya había hecho reír al otro. Si Ximena tenía que llegar más temprano que de costumbre a su oficina, Víctor se levantaba para hacerle el desayuno aunque su propia vida laboral le permitiera dormir hasta el mediodía. Si Víctor tenía que desvelarse en algún proyecto, Ximena se encargaba de que siempre tuviera snacks y agüita a su alcance. El cuidado y cariño que se procuraban cubría cada espacio de su casa, probablemente el único espacio sobre el que no se demostraron cariño fue el clóset, porque entre las playeras y los zapatos no quedaba espacio para nada más.
Para mantener ese idilio habría sido indispensable que sus rutinas, creencias y necesidades se mantuvieran exactamente igual, principio que es incompatible con la vida. El trabajo de Ximena se fue haciendo cada vez más demandante; pasaba menos tiempo en casa y, cuando estaba ahí, se enfrentaba a un conflicto entre su humana necesidad de descanso y la satisfacción que sentía cada que llegaba a una idea que nadie más había conseguido y ganaba otra cuenta para la agencia.
Su ambición se vio recompensada con mayores ingresos. Cada vez se podía permitir más gustitos, pero como tenía su agenda tan limitada, optaba por experiencias que hicieran valer cada minuto de su tiempo: conciertos en zonas VIP, cenas en lugares de cocina deconstruida experimental de autor, y lecciones de cualquier nuevo entrenamiento que tuviera el potencial de ponerse de moda, pero en el momento justo para quejarse después de que «ahora todo el mundo lo hace».
Le habría encantado compartir todo esto con Víctor, pero él tenía un ritmo diferente. Había perdido el interés en su trabajo y, durante más tiempo del que estaba dispuesto a admitir, había estado haciendo solo lo mínimo indispensable para mantenerse en la nómina. Eso le daba tiempo libre para hacerse de pasatiempos, pero para evitar la incomodidad de intentar algo nuevo, optó por enfocarse en las dos pasiones que lo habían acompañado desde la universidad: los videojuegos y fumar mota.
Cuando al fin lograban coincidir en casa, Ximena quería ver la película noruega de la que todo el mundo estaba hablando, pero Víctor prefería algún título de comfort, y ella terminaba cediendo porque así podía seguir trabajando con Malcolm, el de en medio de ruido de fondo. Quizá si hubiera tenido su solvencia económica, Víctor la habría acompañado más seguido por esquites con chicharrón de jaiba, mayonesa de ceniza de habanero y queso cotija artesanal; pero a una parte de él le parecía pretencioso y ridículo gastar en eso, y a la otra no le alcanzaba. Así que rechazó tantas veces sus invitaciones que ella dejó de pedírselo.
Desde que Ximena no comía en casa, Víctor se alimentaba cada vez peor; gran parte de su sueldo se iba en pedir a domicilio comida chatarra. Otra parte importante la gastaba en mariguana, que tenía que ser cada vez de un tipo más potente (y caro) para que le siguiera causando efecto. Ximena no había tenido problemas con que fumara; incluso al principio de su convivencia lo hacían juntos de vez en cuando mientras se reían viendo Malcolm. Pero ahora le parecía que a eso se había reducido la personalidad de Víctor, quien, como cada vez tenía menos razones para salir de casa, tampoco encontraba motivos para bañarse o usar ropa limpia.
Puedes compartir el techo con alguien y aún así vivir en planetas distintos. Ximena tenía la libertad de trabajar en casa cuando ella quisiera, pero cuando estaba allí se sentía asfixiada por tanto polvo, descuido y el tufo a hierba quemada que penetró las paredes. Víctor estaba tan absorto en sí mismo que ni siquiera pudo notar cómo cambió su entorno. Poco a poco se fue abriendo una grieta entre ellos que terminó por convertirse en parte del paisaje. La cama que antes les costaba abandonar pasó a ser usada solo para dormir, espalda con espalda, cada quien soñando con cosas distintas.
Ximena se convencía a sí misma de seguir con él porque aún conservaba la esperanza de que el Víctor del que se enamoró estuviera en alguna parte de ese hombre al que apenas toleraba. Lo que aún no quería admitir era cuánto miedo le daba perder la seguridad que alguna vez la sostuvo, aunque ya no quedara más que el anhelo de ella. En eso quizá no era tan diferente a Víctor: se quedaba solo para evitar la incomodidad de irse.
Los momentos que realmente determinan el curso de nuestros días suceden en la fractura de lo que dábamos por sentado. Para Ximena, esa delicada red que sostenía su vida comenzaba a sentirse pesada, como si cada descuido de Víctor fuera una roca que ya no soportaba cargar. Sabía que esa red iba a desmoronarse pronto y que cuando eso sucediera estaría frente a uno de esos eventos que cambian el curso de los días, pero no quería enfrentarlo sola. Quería recuperar su vida, pero no estaba segura de si podría reconocerla como propia sin Víctor en ella.






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