Mamá ¿Son cohetes?

Relato autobiográfico sobre las explosiones del 22 de abril de 1992, en Guadalajara. 

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A Angélica

Era miércoles de Pascua, Angélica estaba en casa acompañada de un café y un casette de éxitos de Magneto. Todo estaba inusualmente tranquilo, su mamá había salido a un mandado, su papá estaba de viaje, las hermanitas aún dormían y su hermano mayor estaba tan crudo que era incapaz de salir de su cuarto. -Vuela, vuelaaaa, verás que todo es posibleee- sonaba quedito en la grabadora cuando, de repente, un estruendo estremeció la casa; la sacudida fue tan fuerte que los cristales se estrellaron y el tanque de gas brincó y rebotó contra el piso… -¡Angélica! ¡Angélica!, ¡agarra a mis hermanas y vámonos! ¡LES DIJE QUE IBA A EXPLOTAR!- Gritó su hermano Ricardo, mientras salía de su cuarto con la camisa a medio poner.

Un día antes, mi tío Ricardo entró a la cocina azotando la puerta y dijo -¡Mamá!, agarra a mis hermanas y váyanse porque aquí va a explotar.- Lo único que tuvo como respuesta fue el sonido del cuchillo golpeteando sobre la tabla de picar. Con toda la paciencia que le había dejado aquel hijo rebelde, mi abuela le dijo -¡Ay hijo! Por favor, no empieces con tus cosas- y devolvió toda su atención al mole de olla que estaba en la estufa. No fue por dejadez que lo había ignorado, si no por experiencia, la abuela sabía que Ricardo era capaz de inventar cualquier historia con tal de quedarse solo en casa. Mi tío no insistió, tampoco él se tenía mucha confianza.

No es que Ricardo fuese clarividente, pero como todo buen parrandero, sabía escuchar a las calles. Una semana antes, los vecinos se quejaron de que un olor a gasolina salía de las alcantarillas. Brigadas de protección civil fueron a revisar y, aunque encontraron un alarmante nivel de combustible en el drenaje, dijeron que no era necesario evacuar. Mientras hacían la inspección, Ricardo oyó a dos policías hablar -aquí va a explotar- decían entre murmureos. Uno de ellos lo miró y le dijo: -Muchacho, si tienes familia, llévatela porque esto va a tronar- . Dado que ninguna autoridad les indicó lo contrario, los vecinos permanecieron en sus hogares, rodeados de tóxicos vapores que salían de las coladeras, insoportables incluso para las pestes; se dice que la noche del 21 de abril, muchas cucarachas y ratas fueron vistas saliendo del drenaje de la colonia Quinta Velarde. Cuando las ratas huyen, es evidente cuál será el desenlace.

La mañana del 22 de abril, la abuela salió de su casa hacia el taller del zapatero. Desde que la familia se mudó a Guadalajara, la Quinta Velarde se había convertido en su hogar. En el camino, se encontró a Doña Elvira, la anciana catequista que asustaba a los niños con historias de demonios que se columpiaban entre los dedos de todos aquellos cuyos padres no estuvieran casados bajo la ley de Dios. Más por cortesía que por ganas, la abuela le siguió la plática sin dejar de ver discretamente su reloj; pasaban de las 10 cuando un estruendo enmudeció los golpes de pecho de Doña Elvira. Violentos estallidos empezaron a partir la tierra… La abuela cayó de rodillas y una neblina de polvo la cegó. Desde el suelo podía sentir el retumbar de las piedras que caían a su alrededor. Nunca llegó con el zapatero, el taller de Don Gabino quedó sepultado en los escombros.

Mientras Ricardo echaba en una mochila todas las provisiones que podía, Angélica y sus hermanas salieron de la casa y se metieron al coche. -¿Dónde está mi mamá?- se preguntaban unos a otros con desesperación. Tuvieron su respuesta cuando vieron en la esquina la figura de la abuela corriendo hacia ellos. Ricardo la alcanzó y cargándola la metió al coche, en ese momento nadie notó que sus rodillas sangraban a través de sus medias rotas. En medio de una calle repleta de personas enloquecidas, Angélica arrancó el coche y se echó a andar en sentido contrario a toda velocidad. Todavía tenía una escala que hacer antes de escapar de la colonia.

Nosotras estábamos en el negocio, como cualquier otro miércoles. Mi mamá no cerraba su amada papelería ni aunque fuera semana de pascua y todos sus clientes estuvieran de vacaciones. Mi hermana jugaba en la banqueta y yo me chupaba el dedo mientras veía a mi mamá re-acomodar las monografías por quinta vez en el año. A lo lejos se escuchó una explosión; el mismo estruendo que varias calles atrás derrumbó casas y voló coches, hizo temblar nuestra papelería. -Mamá, ¿Son cohetes?- Preguntó mi hermana. -No creo hija-. Con tanta calma como le fue posible comenzó a cerrar el negocio, mientras pensaba qué haría para sacarnos de esta situación. Cuando estaba poniendo los candados, oímos otro estruendo, esta vez más cerca.

Mi hermana y yo nos alegramos al reconocer el inconfundible tronido del viejo coche de Angélica. -¡Súbanse!, ¡Vámonos!- gritaban mis asustados tíos que por primera vez se sentían más seguros adentro de aquella Brasilia, que afuera de ella. Apenas cerramos la puerta, Angélica arrancó. Sin mirar el semáforo, atravesó Calzada Olímpica, justo antes de que una embestida de coches nos cerrara el paso. La cultura vial pasa a segundo término cuando la ley que impera es la de la supervivencia.

 

Mi abuelo había estado viajando toda la semana de pascua. Cansado de ir de ranchería en ranchería vendiendo mercancía, decidió tomarse un descanso. En un pueblo polvoriento al norte de Aguascalientes, se metió a un bar, ordenó una cerveza y pidió que pusieran las noticias porque no había algo que disfrutara más que gruñirle a los comentaristas de la tele; algo dijeron de una tragedia en Guadalajara, algo sobre una fuga de combustibles, una explosión de 13 kilómetros de largo, 98 manzanas afectadas, 3000 casas dañadas, 1300 lesionados, 600 de gravedad, 202 muertos… Cuando en la pantalla aparecieron los escombros de lo que había sido la farmacia de su barrio, mi abuelo dejó de escuchar; la mera probabilidad de que en uno de esos números se incluyera su familia lo hizo volver de inmediato a Guadalajara. Al llegar a su casa la encontró vacía. Temiendo lo peor, intentó buscar a su familia en una de las cinco gigantescas morgues que se improvisaron en la ciudad. Fue al domo del CODE y quedó paralizado al ver cientos de cadáveres amontonándose. No se atrevió a buscar ahí a sus hijos, prefirió pensar que su familia estaba a salvo y se fue con la certeza de que esta explosión había dejado mucho más víctimas que las 202 que decían los peleles de las noticias.

 

A diferencia de la gasolina que se fugó a raudales, la información salió a cuenta gotas. Primero se culpó a una pequeña aceitera local, pero a nadie se creyó que PEMEX no tuviera relación en el derrame de millones de litros de combustible. Ninguna autoridad asumía su responsabilidad, el gobierno municipal culpaba al estatal, y el estatal le echó la culpa a la gente; cuando se le preguntó al gobernador Cosío Vidaurri por qué no ordenó la evacuación, respondió que “es como cuando le dices a un niño que no se suba a una barda y de todos modos se sube…” Tras las investigaciones, el alcalde municipal fue arrestado (y liberado al poco tiempo) y el gobernador fue obligado a renunciar. Poco a poco la vida en Guadalajara volvió a tomar su curso; las explicaciones, las acusaciones, las promesas y los testimonios se fueron callando.

 

Desde entonces, el tema sólo aparece a la opinión pública una vez al año, cuando los medios que en su momento taparon la gravedad del asunto, ahora le dedican una nota de cinco minutos al “aniversario de la tragedia”. No sé si fue gracias a la suerte, a las oraciones de Doña Elvira o a la impresionante reacción de mi tía Angélica, pero el 22 de abril de 1992 fuimos de las afortunadas familias que salieron de la zona de desastre sin sufrir más pérdida que la de la tranquilidad, pero para muchas personas que vieron el mundo que conocían convertirse en escombros, la vida nunca volvió a ser igual.

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