7 “yo nunca, nunca” para emborracharnos después de los 27

“Yo nunca nunca” es un drinking game que jugábamos en la universidad, el cual básicamente consiste en sentarse un círculo mientras cada invitado de la peda formula una declaración, por ejemplo: “Yo nunca he tenido sexo en un auto…” y luego todos quienes hubiéramos faltado a la moral de esta manera bebíamos felices y orgullosos de haber cogido en otro lugar que no fuera en el sillón de la sala cuando tus papás salían. Así te enterabas de quienes consumían drogas, engañaban a su pareja o cogían con desconocidos (o querían aparentar que lo hacían) con base en qué tanto bebían en el juego.

Esta renuncia voluntaria a la intimidad tenía sentido en la universidad, cuando la adultez se presentaba en la más (y quizás única) divertida de sus formas: la libertad de tomar tus propias decisiones por muy idiotas que sean. Pero en el ocaso de los veinte, alardear de tus excesos deja de hacer gracia porque entre el estrés del trabajo y las exigencias de la vida adulta, ya solo queda la cruda sin la anécdota simpática de la borrachera. 

A nadie le parecería divertido tomar después de un: “Yo nunca nunca he permitido que una pareja abuse de mí” o “yo nunca nunca he puesto en riesgo mi salud mental por un trabajo que ni me gusta”; pero si quisiéramos jugar otra vez con el único fin de quedar absolutamente alcoholizados (y deprimidos) habría que hacer declaraciones como estas.

1. Yo nunca nunca me voy a vender.

No sé en qué momento pasé de escribir artículos para un fanzine zapatista a redactar noticias patrocinadas por el pan de Huixquilucan, pero seguro fue después de que empecé a pagar renta y poco antes de que la ropa comenzara a quedarme apretada.

2. Yo nunca nunca voy a descuidarme.

Y de repente ya tengo esa barriga que tantas veces juzgué en los adultos cercanos. Mantener una vida saludable implica disciplina, esfuerzo, tiempo y una serie de actividades que se vislumbran imposibles cuando ni siquiera he tenido un rato libre para echarme la lloradita de la semana que tanta falta me hace.

 3. Yo nunca nunca voy a estar en una relación que me haga miserable.

Y lo estuve, por años, y más de una vez. Tuve parejas que me desarmaron emocionalmente tan seguido que terminé por creer que no merecía estar con alguien mejor, y entonces comprendí por qué mis tíos, los que se atacan en cada reunión después de dos copas, llevan treinta años de matrimonio.

4. Yo nunca nunca me voy a cansar de la fiesta.

Un día eres joven y estás dando de saltos en el centro del slam, al otro ignoras el concierto y vas en busca de una lomita donde estirar las piernas. Los que insisten en fiestear aunque la música de su época sea la que ponen en los bares cuando ya van a cerrar se convierten en ese señor con Converse que saluda diciendo “qué hongo”, llama “cubaby” a su trago y su cotorreo es incomodar a todas las chavas. Si no te cansas de la fiesta, la fiesta se cansa de ti.

5. Yo nunca nunca voy a ser el típico adulto fracasado.

O ese era el plan, hasta que después de años de independencia tuve que regresar a casa de mis papás con el corazón tan destrozado como mis finanzas. Fueron días de pasar horas viendo el techo, buscando en cada grieta la sucesión de decisiones que me llevaron a ese fondo en mi vida. Para salir de allí, tuve que reformular mi concepto de fracaso.

6. Yo nunca nunca voy a cambiar.

Yo odiaba el reggaetón y ahora argumento a favor de Bad Bunny en cada reunión con mis amigues rockeros y lo defendería perreando si mi rodilla fuera más joven. Y esto solo es un ejemplo, así como cambiaron mis gustos musicales, también lo hicieron mis posturas políticas, mi sentido del humor y mis expectativas. Lo preocupante sería que a los treinta mantuviera las preferencias de cuando era una adolescente resguardada en su burbuja moralina.

7. Yo nunca nunca me voy a conformar.

Pero ¿qué es conformarse? ¿Elegir una vida cómoda aunque esto implique aceptar el trabajo godín que habías jurado nunca tener? Más de una vez, la vida que no imaginé para mí me ha dado tantas gratificaciones que me he replanteado mis proyectos a futuro. Otras, la vida misma se decanta hacia puntos donde mis habilidades profesionales se encuentran con mis intereses, y en esos instantes trabajar ya no parece tan espantoso.

En realidad, la adultez, cuando no es un dolor de ciática, ofrece ciertos momentos que mi yo de dieciocho años nunca habría imaginado que serían tan satisfactorios como mantener viva a una planta, viajar sola, terminar una relación infernal o algo tan simple como despertar un sábado sin cruda y disfrutar todo el fin de semana sin ese sabor de boca a cenicero y arrepentimiento. 

Hasta ahora lo más rescatable de ser adulto es haber superado esa etapa desbordada en que la satisfacción personal se medía en shots. A sabiendas de que aunque aún quisiera seguir haciéndolo no podría llegar a tres sin sentir que el cuerpo me invita a reemplazar los drinking games por juegos de mesa; y así será hasta que los años vuelvan a hacer lo suyo y haya que dejar la tensión del Catán para inaugurar una nueva etapa de noches de rompecabezas y chocolate en agua, por aquello de la intolerancia a la lactosa.

2 respuestas a «7 “yo nunca, nunca” para emborracharnos después de los 27»

  1. Avatar de Alefanta
    Alefanta

    Esta nota si que está paa agarrar la depre

    Me gusta

    1. Avatar de abrilderomero
      abrilderomero

      Y la peda 🙂

      Me gusta

Replica a abrilderomero Cancelar la respuesta