Admiro a las personas que no temen hacerse notar, que preguntan, saludan y opinan sin preocuparse por cómo pueda ser recibido lo que dicen. Me gustaría ser más como ellas, pero también quisiera que ellas fueran menos como son y cedieran más espacio al silencio, como lo hacemos quienes por sobrepensar, por miedo a expresarnos, por esperar demasiado; terminamos por dejar que otros nos arrebaten lo que apenas nos estábamos atreviendo a desear.
Mis complejos surgen por la incapacidad de dejarme llevar, de aceptar que en la vida ganan los que se sueltan, no los que están buscando todo el tiempo de dónde agarrarse. Escribí “en la vida ganan…” sin reflexionar que esta premisa no es mía, sino de los que inventaron esta cruel competencia.
Si el juego consistiera en descubrir quién mira más hondo hacia dentro, quién encuentra más paz en sus pensamientos o quién puede ser tan discreto que desaparece, el marcador sería diferente. Pero las tímidas insistimos en seguir las reglas de un juego que no fue hecho para nosotras porque no tenemos el valor de tirar el tablero o, mínimo, de ignorar la presión de estar permanentemente esperando a que nos inviten a jugar.
Cuando sé que me encontraré en una circunstancia donde es inevitable hacerme escuchar, escribo antes lo que voy a decir, lo repaso tantas veces que me lo aprendo y entonces parece que creo en lo que digo, aunque en realidad esté caminando sobre la cuerda floja de la memoria. Nadie me ve cuando escribo, ni cuando lee mis escritos, si lo hicieran, no escribiría. Para una persona introvertida, ya es suficiente triunfo recibir una cuartilla de atención sin querer desaparecer en el intento.







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