Ni con todas las migajas se hace un pan completo

Una vez salí con alguien que me pidió que nos quedáramos en casa porque no quería que nos vieran juntas. Por supuesto, me fui en ese momento… pero por un vinito para maridar las migajas de lo que en ese entonces interpreté como una cita casera.  

Quisiera decir que este fue mi momento más migajero, pero tengo tantos que me decidí por el más fácil de contar. Cuando pienso en ellos ahora puedo ver que estaba tan necesitada de afecto que me convencí a mí misma de que había conocido a alguien especial, cuando en realidad lo especial que veía en el otrx era mi propia imaginación tratando de justificar mis ganas de aferrarme. 

He pepenado cariño porque mi urgencia de sentirme querida ha sido más grande que mi autoestima, pero sería compasivo admitir que también lo hice porque no tenía otros referentes. Una de las revelaciones a las que he llegado a partir de trabajar mis traumas de la infancia (de esos también tengo muchos) es que crecí en un ambiente donde el cuidado y la validación estaban condicionados a que tanto cumpliera las expectativas de otrxs

De niña aprendí que ser querida es algo por lo que tengo que esforzarme, estoy segura de que mis papás no tuvieron mala intención en ello, simplemente me criaron así porque fue la manera en que les criaron a ellxs. En realidad, casi todxs hemos crecido bajo la creencia de que el maltrato, la indiferencia y el desamparo pueden coexistir con el amor. Definitivamente, no ayudó en mi educación sentimental vivir en una cultura en la que la idea del romance se basa en qué tanto sufrimiento estamos dispuestos a soportar. ¿Cómo podría relacionarme de manera sana si me criaron boomers y crecí escuchando a José José?   

Me ha tomado años subir mi vara romántica (lo que es impresionante considerando lo baja que estaba), pero quiero pensar que ahora lo mínimo que podría aceptar de una pareja es que no solo se alegre de ser vista conmigo, sino que también se sienta orgullosa de ello. Me habría encantado tener este entendimiento varios años antes, pero para muchas de nosotras el amor propio es algo que construimos siendo adultas, forzadas a hacerlo después de haber comprobado más de una vez que los caminos de boronas suelen llevar a una cornisa. 

Hacernos conscientes de la falta de reciprocidad no significa que veamos las relaciones como algo transaccional y que tengamos que ir por la vida con un tabulador de cuánto vale lo que damos.  Si muchas migajeras hemos pasado por ansiedad y depresión es porque las migajas no son solo recibir «poco», sino recibir lo que dicte la cuestionable voluntad de alguien a quien no le interesa cuidar la relación para que sea duradera, sino explotarla lo que dure; aunque eso implique llevar al otrx a niveles de entrega insostenibles para su salud.

Así como desde una banca en el parque le lanzamos migajas a las palomas para entretenernos mientras esperamos que algo más suceda, también le lanzamos migajas afectivas a otrxs para parchar un vacío. Ya sea que nos brinden atención, nos suban el ego o nos paguen la cena, les queremos cerca para seguir beneficiándonos del interés de una persona que no nos interesa.

Entiendo que hay domingos de bajón donde tenemos tantas ganas de apapacho que preferimos estar mal acompañadas que solas, pero ¿qué tanto puede satisfacernos ser cuidadas por alguien a quien no nos interesa cuidar? ¿Por qué necesitaríamos el cariño de alguien a quien no queremos con la misma generosidad con que nos quiere? Es más, no solo no le queremos, a veces no le tenemos la suficiente consideración como para no aprovecharnos de su cariño. 

Dice bell hooks en su libro ‘Todo sobre el amor’ que ‘el amor debería sentirse como una expresión clara de cuidado, afecto, responsabilidad, respeto, compromiso y confianza’; y ofrecer todo eso implica también enfrentarnos a la posibilidad de la pérdida, abrazar el riesgo de no ser correspondidas y también de ser lastimadas como consecuencia inevitable de habernos vulnerado; y eso no es para cualquiera, por eso muchxs prefieren la posición ventajosa de ser quien solo da el mínimo esfuerzo, aun a sabiendas que ni juntando todas sus migajas se puede hacer un pan completo.

Si por un lado aprendimos que no somos dignas de amor y por otro, somos cobardes y avaras con nuestros afectos, claro que vamos a relacionarnos a migajazos. Nos conformamos con poquito cuando no hemos vivido la entrega a tope y no hemos sentido el deseo de corresponder y la certeza de que si lo haces serás sostenida en el acto.

Migajeamos cuando no hemos probado las mieles de la obsesión mutua, y en ese estado de embelesante reciprocidad, ningún esfuerzo parece demasiado si está de por medio el bienestar de la persona que quieres. Una vez que experimentas algo así, ya no es tan fácil volver aceptar migajas porque las ves en su verdadera dimensión: completamente insignificantes

4 respuestas a “Ni con todas las migajas se hace un pan completo”

  1. Avatar de
    Anónimo

    ¡ Muy bueno!!

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  2. Avatar de
    Anónimo

    la culpa de mi ser migajero la tienen los boomers que me criaron y José José

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  3. Avatar de
    Anónimo

    Dije que nunca seria migajera, y resulta que si lo so, perdi mi dignidad al rogarle, al pedirle migajas, y no le importo, y es estúpido pedir eso, ahora solo hay que enfocarse en si misma y nadie mas

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    1. Avatar de Abril Romero
      Abril Romero

      La dignidad es el estandar con que el que debemos ser tratadas. Me alegra que hayas salido de ahí y que ahora puedas cuidar de ti misma.

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