A mí mis exes nunca me escriben. Ni en año nuevo, ni en mi cumpleaños, ni en caso de terremoto, ni para recordarme del simulacro. Seguro que no me escriben porque así lo han decidido, pero por si acaso se les ocurriera hacerlo, yo tomo mis precauciones y después de una ruptura no dejo rendija alguna por donde pueda asomarse la sombra de quien decidió irse. Si quemas el buzón, duele menos que no lleguen cartas.
Yo tampoco les escribo a mis exes, ni en año nuevo, ni en su cumpleaños, ni cuando el mezcal y la voz de Chavela Vargas me revuelven los recuerdos. Como ya dije, soy precavida, me cuido de mí y como todavía no se inventa el borrado de memorias, me conformo con borrar sus números. No me torturo viendo sus redes sociales, no veo sus stories desde mi cuenta falsa de ‘aguachiles Moncho’, ni me aparezco “por casualidad” en algún lugar donde sé qué podrían estar. Aun si llegara a verles por accidente en la calle, me cambiaría de acera sin titubear. Prefiero ser atropellada por un auto que por un reencuentro.
Puedo aferrarme a una relación hasta límites alarmantes, pero una vez que me decido a soltar, no hay fuerza humana o divina que me convenza de volver a sujetarme. No importa si salimos por cinco días o cinco años, no importa si el adiós fue en buenos términos o ahora la enemistad es declarada; cuando al fin entiendo que se nos agotaron los recursos para justificar nuestra presencia en la vida del otro, me voy de la manera más contundente: no azoto la puerta, la cierro en silencio.
Me alejo con tal discreción que hasta podría dudarse si en verdad estuve presente. Guardo mis palabras de aliento, las miradas de admiración y esa ternura de mis manos que solo han conocido quien alguna vez ha sido amado por mí. Me llevo mi paciencia, mis risas y mis actos de servicio; aunque ello implique también quedarme con los huecos de lo que recibí cuando fui querida. Me lo llevo todo, tanto los buenos momentos como los vacíos, la sensación de derrota y la resignación de cargar sola con lo que no se pudo hablar entre dos.
A lo mejor es cierto que el amor se transforma, que lo que un día fue devoción romántica puede llegar a ser la más sólida de las amistades, pero yo prefiero no averiguarlo. A mi corazón, que no sabe de medias tintas, le va mejor quemar las naves y llenar por su cuenta las líneas faltantes. Perdonar, sin necesidad de esperar una disculpa y extrañar en silencio sin que nadie sepa nunca en quién pienso cuando escucho una ranchera.
Como no me escribo con mis exes, el único contacto que tengo con ellxs es a través de lo que dejaron impregnado en mí, sus gustos que me esforcé tanto en compartir que terminé por hacer propios, las cualidades que les admiraba y ahora trato de mantener vivas en mí, y en la decencia o falta de ella que mostraron en la despedida.
Hay exes que me dieron tan pocas razones para extrañarles que no les dedico ni un pensamiento (salvo cuando caigo en la paradoja de recordar a quiénes he olvidado), pero hay presencias que se anclaron con tal fuerza en mi vida, que aún años después de haber quemado el buzón y las naves, de repente se asoman como la hierba que logra atravesar el asfalto. Viven en aromas, canciones y escalofríos que pensaba extintos hasta que en el momento menos esperado vuelven a aparecer, pero ni en esos casos considero romper mi promesa de exiliarme en el olvido.
Cuando la nostalgia me toma por sorpresa, solo atino a suspirar hacia el cielo y desear que esas personas que dejaron un cachito suyo en mí, estén bien y encuentren la paz y estabilidad que no logramos darnos el uno al otro (lo cual es considerablemente menos interesante que mandar un mensajito de “qué onda perdida?” pero también me ha permitido sembrar relaciones nuevas sin que se enraicen con las que no pudieron ser).
Si alguna vez las partes de mí que dejé en otros lados cometen la imprudencia de hacerse demasiado presentes, solo le pido a mis exes que me devuelvan la cortesía y no me lo hagan saber, que todo el amor que nos tuvimos y no pudo seguir siendo se mantenga en este pacto espiritual de añorarnos en silencio. Que la única indiscreción que nos permitamos sea un suspiro furtivo cuando suene una ranchera.






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