A veces, solo llegas a ser lo que la otra persona anhelaba cuando te vas de su vida, y el esfuerzo que ponías en tratar de estar a su lado lo inviertes en trabajar en ti misma. Es a partir de la pérdida, de enfrentar el vacío y la soledad, donde chocas con tus propias flaquezas y te confrontas con una parte de ti que no te habías atrevido a mirar porque resultaba más sencillo hacer como que no existe que asumir la responsabilidad sobre ella.
Cada ruptura, tanto las que yo decidí como las que me impusieron, me ha hecho atravesar por una serie de puntiagudas interrogantes que ponen en entredicho mi autopercepción: ¿Di lo mejor de mí? ¿Pude haber hecho algo diferente? ¿Qué me faltó o qué me sobró para que esto funcionara? Hurgando en mis heridas he visto de qué estoy hecha y qué aspectos de mí sería mejor rehacer de otra manera.
Al atreverme a explorar en las grietas de un corazón roto, descubrí, como jeroglíficos en una cueva, una parte de mi historia que no había visto desde una perspectiva que no fuera la mía. Encontré, por ejemplo, discusiones donde me correspondía escuchar, pero robé la palabra para que no hubiera queja más grande que la mía. Repasé mis descuidos, mis violencias y mis omisiones, y pude palpar cada ocasión en que mi propia necedad por reanimar una relación agonizante me llevó a faltar y faltarme al respeto.
Sin experimentar el dolor de la pérdida (la de mi relación y la de mí misma), no habría encontrado las condiciones para cultivar otra versión de mí: una que, más consciente de sus espinas, ha aprendido a moldearlas para que hagan el menor daño posible. La nueva yo sigue siendo explosiva, pero he conocido la prudencia desde que me mantengo a distancia de situaciones que me llevan al límite. Actúo con mucha más lucidez cuando no vivo con la angustia de descifrar lo que oculta alguien que le rehúye a la honestidad. Ya no me siento ignorante y vacía cuando me piden que recomiende una película, porque sin el estrés de tratar de complacer pude descubrir mis propios gustos.
Alguna vez me reclamaron por ser incapaz de mantener viva una planta, pero hoy, lejos de la mirada que me hacía esquivar mi reflejo, me he hecho de un jardín. En la calma que me forjé después de la ruptura, aprendí a cuidar y observar, a ser paciente y a encontrar un milagro incluso en el florecer más discreto. Quizá ahora soy lo que a mi ex le hubiera gustado que fuera, pero la persona que soy hoy no volvería a perderse a sí misma por mantenerse a su lado.

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