A veces siento que no soy una persona, sino un cúmulo de intentos. La suma de todo lo que no he logrado. Fui de las niñas a quienes les hicieron creer que eran especiales, que con su talento y perseverancia podrían conseguir lo que quisieran. Y quizá así habría sido, si hubiera querido una meta de esas que ya vienen con el camino trazado: inglés y universidad imprescindibles, una o dos maestrías y recorrer el mundo laboral repitiendo cada día el mismo día hasta olvidar que hay más en la vida que luchar por un ascenso.
Pero no quise eso. Desde que recuerdo pensaba que sería una adulta que podría escaparse de un cubículo de oficina, que podría dedicarme a dibujar, escribir o tomar fotos. Cada decisión que tomé en mis veinte estuvo orientada en hacer de las ganas de crear también mi sustento, pero al hacerlo, lo que tanto quise preservar porque sería mi salida de la ‘vida godín’, se convirtió en lo único que me sirvió para hacerme un lugar en ella.
Pasé 10 años de agencia en agencia, de marca en marca… escribiendo y contando historias como me prometí que haría; pero de 9 a 6, de lunes a viernes, como nunca quise hacerlo. Luego me despidieron. La sensación de alivio fue más grande que la de fracaso. Con lo que ahorré en una década de llevar una vida gozosamente austera de caguamas en casa en vez de salir a un bar, y camión y bici como acto de resistencia al cochecentrismo; pude cumplir un sueño: dedicar todo mi tiempo a crear para mí. Mi propio año artístico financiado por mi esfuerzo y sacrificio.
Tomé fotos, dibujé, empecé a escribir una novela, aprendí a editar videos, leí como nunca y vi muchísimo cine en el mismo horario que antes le dedicaba a una agencia; un privilegio que muy pocas personas podrán experimentar. Volví a sentir la emoción de estar frente a una hoja en blanco, de inventar personajes, de pasar horas inmersa en mi imaginación.
Pensé que si dedicaba día a día todos mis recursos a la misma labor, en un año terminaría el libro que cambiaría mi vida. Pero sumergirme en mi novela abrió la puerta a nuevas interrogantes, quise saber más de mis personajes, de su universo, de todo aquello que quieren hacer aunque yo no lo tuviera previsto. Entre más escribo, más me falta por escribir. La historia que quiero contar se rebeló a los tiempos que le impuse.
He trabajado a diario sin ese insumo que hace que el esfuerzo sea llevadero: un salario. A mi ritmo, sin someterme a la misma explotación a la que me sometieron otros, voy avanzando a una velocidad casi imperceptible. Mis redes sociales no explotaron, no tengo miles de seguidores, no me volví experta en nada. Estoy aún muy lejos de terminar mi próximo libro y no he terminado de vender el anterior; no tengo ningún indicador objetivo para justificar que todo el riesgo que tomé al dedicarme un año al arte dio resultados.
¿Qué respondo cuando me pregunten qué hago? ¿Cómo explicar que sí trabajo pero no gano dinero? ¿Cómo mantengo mi autoestima cuando el esfuerzo constante no me ha dado dinero, estatus, ni algo que pueda ser medible? No he dejado de preguntarme quién soy cuando no estoy produciendo, temiendo que la respuesta sea: alguien que desperdició una década de ahorros.
Me ha tomado muchísimas discusiones conmigo deconstruir esa creencia de que los resultados son solo aquello que podemos medir. Aún no he terminado mi libro, pero después de practicar todos los días durante un año, soy mejor escritora que antes. No he conocido la turbulencia de la viralidad, pero he recibido decenas de mensajes que me han hecho saber que mis palabras brindan compañía y consuelo.
Mi estilo de vida se hizo aún más austero, pero al no tener la cabeza llena de asuntos que urgen, pero no importan, conocí la tranquilidad, y sin ella, no habría podido llegar a todas estas conclusiones que me servirán de faro ante la niebla que se avecina. ¿Quién soy? Una persona inmensamente privilegiada que pudo entregarse por completo a lo que ama, aún sabiendo que sería por tiempo limitado.
Los recursos se me agotaron antes de definir un rumbo lucrativo para este proyecto y tendré que volver a conseguir un trabajo como cualquier otro, sumando un ítem más a mi lista de intentos por crear formas alternativas de sustento. Supongo que no soy ni tan especial como creían los adultos que me alentaron en la infancia, ni tan creativa como yo pensaba porque todavía no descifro cómo mantener la calidad de vida a la que aspiro, sin sacrificar parte de mi vida en el proceso.
Mi mayor fracaso adulto no es tener o no trabajo, sino no haber conciliado aún la rabia y tristeza que me provoca que así tenga que ser el mundo: laborar todos los días, toda la vida, no para construir un futuro, sino para sobrevivir el presente. Me ha costado años de lucha interna aceptar que para alguien con mis condiciones de clase, no hay otra opción que sostener un empleo, y trabajar extra para crear algo que me sostenga a mí. Esforzarme más, no para hacerme rica, sino para salir de la miseria espiritual de no estar creando nada que no sea riqueza para alguien más. Tener dos trabajos: uno para sobrevivir y otro que me dé una razón para vivir.
Trato de convencerme de que volver a un cubículo no es rendirme, sino hacer una tregua. Quiero dejar de pelear con una rutina que agota mi energía y retrasa mis proyectos, porque a la par, también los ha financiado: soy mecenas y artista. Mi año creativo también me ha dado la madurez para aceptar que esto no es una tragedia personal, sino una condición sistémica; no soy la única persona que ha sufrido este dilema; tampoco soy la única que intenta encontrar resquicios de felicidad entre el agotamiento por «ganarse la vida». Cada cuento, cada canción, cada minuto que alguien dedica a bailar, dibujar o expresarse son la manifestación de la inquebrantable creatividad del espíritu humano.
Muchas veces le he recriminado a Dios por darme esto que no soy capaz de entender, que no me deja sumergirme de lleno en la ficción de que un trabajo tiene algún tipo de importancia más allá de un sueldo. Una sensibilidad que no sé si no quiero, no puedo, o simplemente no sé cómo lucrar con ella, pero que me atraviesa por completo y sin la que no podría reconocerme. Como el lunar en la cara que alguna vez quise quitarme, pero desistí porque el dermatólogo me dijo que solo habían dos opciones: o le arrancaban de fondo, pero me dejaría una cicatriz profunda, o lo quitaban superficialmente, pero tarde o temprano volvería a salir.
Elegí un camino que se hace a sí mismo con cada paso que doy, así que no tengo parámetros para saber si llegaré lejos. No sé si tomar esta dirección me va a cambiar la vida, no sé si algún día las ganas de compartir lo que habita en mí me darán algún tipo de ganancia material, pero por ahora me han dado algo que ningún trabajo asalariado ha podido: una razón para resistir y seguir creando, aunque tenga que ser a paso lento, sin garantías y fuera de horario de oficina.


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