El que llegó, llegó…

Con un poco de práctica, ya sea en colaboración o por mano propia, uno va descubriendo que en el sexo hay cosas que le funcionan y cosas que no. Cuando uno se aprende cuál es la vía más rápida al orgasmo, cachondear deja de ser un viaje para convertirse en una carrera y, como en toda competencia individual, el que llegó, llegó.

El riesgo de quienes se dejan dirigir por la urgencia de cruzar la meta y no por el placer compartir el camino, es que se pierden con mucha facilidad y, como le pasó a Colón, creen que encontraron una mejor ruta, pero en realidad están en otro continente. Navegan sin despegar los ojos del mapa, por eso no notan que cada mar es distinto.

Los malos amantes también suelen ser terribles conversadores. Imponen el ritmo, el tono y la forma; y asumen que si el otro se los permite es por convicción y no porque es más fácil dejarlos seguir que tratar de orientarlos. No saben escuchar y siempre creen tener la razón, como están truncos en empatía son incapaces de distinguir el interés real del ficticio y, aunque pudieran notar la diferencia, les viene dando lo mismo porque en su mente solo hay espacio para uno, incluso en los juegos que son para dos. Hacen una carrera de lo que es un baile y, con tal de ganar, no les importa abandonar a su pareja a medio camino.

 

 

 

 

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