Diez. Ese era el número de parejas sexuales que cierto estudio de Internet sugería como el “ideal”. ¡Diez!, como la edad en que los niños de hoy inician su vida sexual y como el número de veces que algunos matrimonios han cogido en los últimos quince años. El único contexto en que diez se antoja como un número deseable es en la escuela y solo si se es de veras ñoño.
Inconforme con ese dato, llevé el tema a gente desinhibida, ociosa y dispuesta a conversar sobre su vida sexual, o sea, mis amigues cualquier viernes. Solo para aclarar de dónde vienen las siguientes opiniones, basta decir que fueron emitidas por personas entre los veinte y treinta años, ambos géneros, y orientación sexual y situación sentimental variados.
Primero les pregunté cuántas parejas les parecían demasiadas. Curiosamente —y por curioso quiero decir producto de milenios de machismo—, cuando los hombres se medían a sí mismos eran incapaces de precisar una cifra que pareciera suficiente, pero si se trataba de cuántas parejas son demasiadas para una mujer, las respuestas oscilaban entre diez y treinta. Aquellos a quienes les parecía justo para su persona rebasar la veintena decían que para una mujer quince, incluso diez, ya era algo sexcesivo.
Aprovechando que el debate anterior había debilitado las inhibiciones —y también algunas amistades—, les pregunté el número de parejas que hasta entonces habían tenido. Las cifras iban desde una y media de cierta persona que jura haberse arrepentido antes de llegar a dos, hasta el que afirma que perdió la cuenta después de las trescientas, aunque cualquiera podría sospechar que está sexagerando.
¿A qué se debe esto? ¿Por qué hay quienes tienen un historial nutrido y sextenso mientras que hay otros cuyo único nombre en la lista es el que aparece junto al suyo en su acta de matrimonio? Para los más sextrovertidos no hay motivo para poner al sexo en un pedestal porque cualquier motivo es bueno para ponerle: gusto, ocio, revancha, alcohol, curiosidad, ejercicio, reconciliación, etcétera.
Como todo lo que constituye el mundo, el sexo está hecho de sonidos, sabores, ritmos, formas, texturas y sexturas, por lo que coger es otra manera de andar la realidad, de saberse vivo o, mejor dicho, de sexistir. Es la oportunidad de descubrirse en los otros y al revés —o volteados o de ladito…—. Y es que, en una sociedad basada en las apariencias, echarse un polvo también es echar abajo las máscaras —al menos, las que uno lleva en la ropa— para conocer de manera profunda a quien nos prestó un momento su piel. Sin importar qué tan falsos podamos ser, la desnudez, los jadeos y el sudor son las formas más primitivas de la honestidad.
Hacerlo así, sin muchos trámites, sin forzar las palabras bonitas, sin rosas pero con rozones, es tan común como natural, pero ¿qué pasa cuando a una no le interesa llegar a ese grado de intimidad con cualquiera? Es decir, ¿qué hacer si las relaciones sexuales no son solo un evento físico, sino el despertar de una experiencia intangible a la que parece lógico y necesario reservarse el derecho de admisión?
Si coger es placentero, imagínate coger de la mano a quien amas y llevarse mutuamente al orgasmo. Para muchos, el sexo va más allá de qué tan atractiva sea la potencial pareja o qué tan bueno pueda ser su desempeño sexual, porque si su presencia no nos despierta algún tipo de sentimiento —palabra que tiene mucho que ver con sentir—, hasta el más sexy puede producir inapetencia.
Se trata de crear una conexión, una forma en la que dos personas se unen en cuerpo, en acto y, si todo sale bien, en un estado de conciencia que rebasa la piel de los sintientes y los arroja en una dimensión que trasciende la materia. Aquello, descrito así, no parece que sea solo cuestión de mezclar fluidos, sino energía. Si tu espíritu es lo que está abierto, es razonable ponerse un poquito exigente respecto a quién dejamos entrar a nuestro espacio vital.
Ya sea que a unos les guste el encuentro casual y a otros la sexclusividad; que haya quienes prefieran lo místico-mágico-espiritual y los que creen alcanzar Nirvana con quien le pongan enfrente; casi todos los presentes coincidimos en que el sexo es parte de la vida. Digo casi porque entre nosotros había cierto individuo que, créanlo o no, optó por la castidad sencillamente porque perdió el interés en el sexo. A la fecha, lleva tres años fuera de circulación, lo cual podría considerarse como regresar a la virginidad por la vía de la cicatrización. Dice que oportunidades ha tenido, pero ninguna que merezca el esfuerzo de romper su apacible abstinencia.
Ser neovirgen en una cultura hipersexualizada podría considerarse la forma contemporánea de la revolución sexual. Esta criatura sexcluida es la viva muestra de que en asuntos de la carne cada quien elige el número que más le convenga, incluso el cero.
Para que nos sintamos sextraordinarios, no hace falta coger mil veces o con mil personas, sino hacer con satisfacción lo que sea que a cada quien lo lleve al éxtasis. Por su puesto, después de ondear en las intimidades de la gente, tarde o temprano me hicieron la pregunta: “¿Y tú, cuántas llevas?”, y lo único que pude decir es que, para mí, ha sido la cantidad sexacta.







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