Gente de perros, gente de gatos

Varios estudios científicos han revelado que preferir una determinada mascota es indicador de ciertos rasgos de  personalidad, lo cual demuestra principalmente que hay investigadores a los que les sobra tiempo libre. Obviamente elegimos la mascota que va mejor con nuestra forma de ser. Si uno quiere conocer poco pero rápido a alguien basta con indagar si es gente de perros o de gatos, aunque ante esta pregunta nunca falta el machistocito pendejo que responde “a mí lo que me gustan son las gatas…

Tanto canes como felinos pueden ser igual de juguetones, amorosos y leales; no obstante, hay características que se asocian más a unos que otros. Por ejemplo, se suele decir que los perros son más sociables, dóciles, bonachones  y, en consecuencia, absurda e incondicionalmente leales. Por el contrario, los gatos tienden a ser más libres, independientes, altivos y un tanto místicos, no en balde se les acusa de desafiar a la gravedad (porque siempre caen de pie), a la muerte (con sus siete vidas), a Dios (por aquello de que tienen un pelo del diablo) e incluso a la especie humana (existe una teoría que los señala como conspiradores extraterrestres que buscan nuestra aniquilación).

Uno de esos estudios, tan confiables como todo artículo en Internet, afirmaba que quienes prefieren a los gatos son más introvertidos, sensibles, tienen la mente más abierta y otras virtudes que seguro a los catlovers les encantará atribuirse. También se dice que son gente más creativa y menos conformista, y puede que haya una parte de razón en esto. Uno de los principales reproches que se les hace a los gatos es que no están pegados a las faldas de su dueño, pero ese reproche por lo regular viene de la gente de perros, porque los del otro bando lo último que desean es que alguien les demande atención constante. Por algo las  solteronas locas de las caricaturas prefieren a los felinos, pues de haber querido a su cuidado a una criatura dependiente y peluda se habrían buscado un marido.

En la zoo-ciedad, hay gente con temperamento de gato, de perro  y de perro guardián, que son esos que ladran incluso antes de saludar; de rata, de mono, de pájaros y de reptiles. Y para quienes prefieren cuidar algo que no expulse fluidos, siempre está la opción de tener una planta, que son las preferidas de los que menos piden y más dan, como las mamás y las abuelitas. También hay personas que sólo serían capaces de cuidar un cactus, criaturas que, como los que los eligen, lo único que requieren es espacio para dejar crecer sus espinas.

Independientemente que uno sea de perros o de gatos, de cuervos o de avestruces,  si algo tienen en común los Jon Bonachon del mundo es que en su mayoría son personas responsables y capaces de comprometerse con una forma de vida cuyo bienestar depende enteramente de quienes les cuidan. Es lo que Milan Kundera  llama “terrible confianza” porque para ellos cada cosa que les decimos es verdadera, sin importar que uno no sea de fiar ni para sí mismo.  De modo que podríamos proponer otra categoría para dividir a la humanidad, por ejemplo, gente de mascotas y gente sin alma, pero ese tema ya será asunto para algún científico desquehacerado.

 

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