Lo que la vida no te da, Tinder no te lo presta

La mayoría de los millennials no tenemos seguro social, fondo de ahorro ni posibilidades de comprar una casa, pero dios nos ha dado Tinder para que sepamos que no se ha olvidado de nosotros. 

Tinder es una aplicación diseñada para conocer gente geográficamente cercana. ¿Qué tipo de gente? La que elijamos con base en los parámetros de sexo y edad de nuestra preferencia; por ejemplo, si pretendemos encontrar marido, se puede configurar la búsqueda para que la plataforma nos muestre el perfil de hombres de veintinueve a cuarenta años; si nos agradan las cougars, entonces mujeres de treinta y cinco a cincuenta, y si lo único que se añora es no morir solx, pues olvídemonos de los filtros y que sea lo que el algoritmo quiera.

¿Qué hay que hacer para conocerles? Solo ver fotos suyas, leer una brevísima biografía y decidir si tal persona nos atrae o no; en caso de que la atracción sea mutua, es posible iniciar una conversación, feliz casualidad conocida como match. Para indicar que alguien nos gusta, basta con deslizar el dedo a la derecha de la pantalla; sino, a la izquierda para rechazar directamente desde el lado del corazón. Así, con un simple movimiento se puede decir “sal de mi vista, por favor” o “ven, vamos a platicar”. 

Además de las evidentes comodidades que implica ligar en piyama, una interacción con estas características evita los inconvenientes que surgen al tratar frente a frente con otro ser humano; por ejemplo, inventar un pretexto para acercarnos o, si es necesario, para alejarnos. 

Si le damos like a alguien a quien le parecemos horrendo, dicha persona jamás será notificada de nuestro interés y una podrá dormir tranquila sin haberse enterado de este silente e inofensivo rechazo. Probablemente esta ilusión de seguridad y anonimato es la razón por la que ciertos hombres proceden a dar like indiscriminadamente, siempre expectantes de que alguna incauta cometa un error de dedo.

Dada la facilidad con que se puede acordar un encuentro, Tinder se ha ganado la fama de ser usado para fines casi exclusivamente sexuales, pero esta tendencia obedece más a la inquieta naturaleza humana que a las propias características de la app. En esencia, Tinder surgió para facilitar que la gente interesada en conocer gente se encuentre entre sí, lo cual ofrece posibilidades más variadas que el sexo.

En mi caso, no instalé la aplicación con la finalidad de coger, aunque tampoco lo descartaba. En realidad, empecé a tinderear porque no tenía con quién salir ni dinero para hacerlo, así que me pregunté si sería posible renovar mi cartera de prospectxs desde la comodidad de mi casa. A partir de ese momento, pasé alegres horas viendo fotos de extrañxs y juzgándoles por su apariencia, a sabiendas, claro, de que alguien estaba haciendo exactamente lo mismo conmigo. Izquierda, izquierda, izquierda y así hasta el infinito, porque picky. Luego, derecha y a esperar que surgiera la magia del match. En lo personal, nunca inicié una conversación, pero sí respondí a quien que se animara a soltar la primera palabra. 

Ya en esta etapa, el éxito o el fracaso dependen de las habilidades sociales de cada quién; es decir, si eres incompetente para relacionarte cara a cara, es casi seguro que también lo serás virtualmente. Hubo quienes en menos de tres minutos ya sugerían un encuentro sexual, en su mayoría hombres (¡qué sorpresa!). El resto de las conversaciones siguieron más o menos la misma dinámica de cuando recién se conoce a alguien, algunas nunca fluyeron y otras murieron gradualmente porque nadie se interesó lo suficiente para evitarlo.

En una semana, mi balance fue de unos veinticinco matches que derivaron en diez conversaciones, y de ésas solo una se concretó en un encuentro que resultó ser el golden ticket en la barra de chocolate de las primeras citas. Tanto fracaso en la vida se vio compensado por un triunfo en Tinder. Después de conocerle, borré mi cuenta. Encontrar a una persona atractiva, interesante y, lo más importante, interesada en mí, es un hallazgo tan insólito en Tinder como fuera de él.

En un principio, mi match y yo no sabíamos si contar cómo nos encontramos. ¿Sería vergonzoso admitir que somos consecuencia de una decisión acertada del dedo índice? ¿Por qué? ¿Porque la gente usa Tinder para coger? ¿Porque evidencia que somos incapaces de relacionarnos de la manera tradicional? 

Seguro habrá quien considere este tipo de recursos como una trampa de la sociedad individualista, otros dirán que el sexo siempre ha sido un juego y las apps solo hacen las reglas más claras, pero para lxs que triunfamos en Tinder, los algoritmos son otra forma de destino.

Destino, sí, o de otro modo no habríamos nacido en la misma época ni vivido en la misma ciudad; no habríamos tindereado durante la misma semana, deslizado el dedo en la misma dirección, ni cumplido con nuestra palabra de presentarnos tal día, en tal lugar y a tal hora para tomarnos una cerveza. Todo lo que ha ocurrido de allí en adelante ha sido mérito nuestro; lo que la vida no te da, Tinder no te lo presta.

3 respuestas a “Lo que la vida no te da, Tinder no te lo presta”

  1. Avatar de Karina_Solórzano
    Karina_Solórzano

    Me encanta tu blog, te encontré en twitter… igual era muy fanática de Tinder (y justo por las mismas razones, food digger me enteré después) hasta que apreté el corazón y eventualmente dejé de usarlo. Me identifiqué en mucho de lo que aquí escribes, y es uno de los primeros textos honestos sobre la app que encuentro (los de Vice por lo general sólo hacen énfasis en los detalles «sucios»).

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    1. Avatar de abrilderomero
      abrilderomero

      Hola 🙂 Muchas gracias por darte el tiempo de leer y comentar. Qué chido que te identificaste, señal de que Tinder ha sido algo importante en la socialización de nuestros tiempos.

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      1. Avatar de Karina_Solórzano
        Karina_Solórzano

        Totalmente (ya me enganché leyéndote, jiji) un abrazo!

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