Cuando tu familia te acepta, pero no…

Mamás ofrecen abrazos gratis en marchas LGBT. Varios sitios publicaron la misma noticia, mujeres random tienen amor para compartir con los que fuimos privados de eso que, se supone, los padres dan incondicionalmente.  Aunque la oferta de un abrazo suena reconfortante, no la tomaría, no tanto porque me sobre cariño y aceptación materna, sino porque la forma en la que me criaron me impide admitir, al menos en público, cuánta falta me hizo sentirme apapachada por mis papás cuando les dije que soy más que una espectadora solidaria en las marchas del orgullo LGBT.

Desde que fui capaz de expresarme aprendí, o mejor dicho, me enseñaron, a contenerme y no mostrar más de lo que en casa se consideraba adecuado. ¿Lágrimas? Solo justificadas por algún fracaso escolar, ¿risas? Mientras no alcanzaran los decibeles que molestaban a mi papá. ¿La frustración? Donde fuera, mientras no estuviera a la vista. ¿El amor? Entre hombre y mujer, y solo si su fin era el matrimonio.

Descubrir qué hay debajo de todo lo que arrojaron sobre mí es un desafío de por vida. Es escarbar entre capas y capas de miedos que no son míos, de principios que no comparto, de anhelos que, aunque creía propios, están hechos del mismo material con el que mis padres modelaron mi mundo. Es encontrarme otra vez con la niña que fui y afrontar que los dedos que me señalaron lo que era correcto, apuntaban con rechazo hacia aquello en lo que hoy me reconozco.

La familia siempre estará ahí para ti, dice la misma familia, pero pocas veces aclara que su lealtad depende de qué tanto te ciñas a sus valores. La familia es incondicional, mientras aceptes sus términos y condiciones. Es refugio, hasta que la desafías y se convierte en una prisión, en un infierno o en una cristalería en la que hay que transitar con cautela y sin hacer ruido.

Vivir en integridad con quien soy, ha implicado romper con lo que creía que era y con quienes me obligaron a creer que debía ser de determinada manera. Para muchos, esta ruptura con “lo inquebrantable” los ha dejado sin techo y sin apoyo; pero a mí solo me dejó con una sensación de culpa que emerge sutilmente cada que la doy por sepultada. Pese a lo mucho que me gusta lo que soy, aun me cuesta procesar que al serlo defraudé a mi familia.

Los adultos no deberían sentir culpa, o al menos eso dice mi psicóloga. Ante una situación “culposa”, un adulto encuentra la forma de reparar el daño o lo ignora  y sigue con su vida. Entonces, esta sensación irracional y pantanosa de asumir que “estoy mal” por ser quien soy, es un regreso a la vulnerabilidad de la infancia, cuando lo único que podía reconfortarme era un abrazo de quienes, paradójicamente, me ensañaron a juzgarme y sentirme culpable.

A mí mis papás no me abrazaron cuando les dije que tengo novia, solo me expresaron su decepción y me pidieron que fuera discreta. Hay quién me ha dicho que debería sentirme conforme porque no me negaron la palabra, ni me cerraron la puerta de su casa. Pero yo no esperaba mínima decencia, sino ese apoyo inquebrantable y amoroso, como el que me prometieron que brindaba la familia.

Desde entonces se abrió entre nosotros una brecha que se hace más gruesa cada vez que me recuerdan que me aceptan, aunque no están de acuerdo con quien soy. Que los padres sufren por lo que hacen sus hijos. Que me aman, a pesar de mis decisiones. Se espesa la distancia entre nosotros cada vez que callan lo que soy, que responden con silencio a comentarios homofóbicos, que no se atreven a hacerle frente, junto a mí, a un mundo que se empeña en rechazar a quienes son como yo.

Sí, duele que quienes deberían de abrazarte no lo hagan, pero soltarte de esos brazos también te da la libertad de tomar de la mano a quien tú quieras. Franquear los límites del amor condicionado te lleva explorar otras facetas del amor propio y a caminar con orgullo entre otrxs que también desafiaron lo mismo. Alejarte de las personas que te aceptan, pero no, te acerca a otras que están dispuestas a abrazarte, sin más razón que apoyarte y celebrar que has decidido vivir en integridad contigo.  

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