“Para amaaaaarte, necesito una razón y es difícil creer que no exista una más que este amor…” y así seguíamos completita la letra de “Antología” hasta que todas las niñas del 1º “B” de primaria berreábamos. Porque, como dice Shakira, los años son sabios, y seis ya eran suficientes para darnos cuenta de que el amor, así como puede quitarle al tiempo los segundos, también puede hacer que ya no sepamos si hemos vivido diez mil días o un día diez mil veces.
Ya en la secundaria, las niñas del 1º “B” al fin entendimos lo que era reemplazar palabras por miradas. Desde entonces, quienes recibimos nuestra educación sentimental de las palabras de Shakira buscamos el amor, tejemos redecillas para ver si podemos atraparlo, lo esperamos sentadas en la esquina de siempre y, cuando creemos haberlo encontrado, curamos almas en duelo y confiamos en que la misma vida va a decantar la sal que sobra del mar.
Pero de Shakira también aprendimos que los días de enero, tarde o temprano, se transforman en días sin noche; que el alma no se puede dedicar a acumular intentos, que la esperanza se agota y que hasta el cielo se cansa de haber visto tantas veces la lluvia caer. Aprendimos que las despedidas son inevitables y que, cuando hay que hablar de dos, siempre es mejor empezar por uno mismo.
Por muy dolorosos que sean, si los rompimientos destruyeran nuestras ganas de amar, Shakira no habría vuelto a componer después de su separación con Osvaldo Ríos, el señor que inspiró “Moscas en la casa”. Sin embargo, dice la sabiduría popular que cuando menos piensas sale el Sol, y para la colombiana hubo días soleados y muchas tardes de tormenta junto Antonio de la Rúa. Durante más de una década de relación, fuimos testigos de cómo una misma persona puede inspirar un espectro de emociones tan contraste como las diferencias en la letra entre “Que me quedes tú” y “Lo que más”.
Shakira ya intuía la capacidad regenerativa de su corazón diez años antes de conocer a Piqué. Su presagio quedó grabado en el preludio de “Tú” en su MTV Unplugged al decir que “Entre todos nuestros años, hay un momento en que la vida parece que se nos simplifica y dejamos de consultar las líneas de la mano […]. Lo bueno del caso es que no nos sucede una o dos veces, nos sucede muchas veces. Ése es mi problema: siempre volvemos a amar”.
“Siempre volvemos a amar”, pero es nuestra forma de hacerlo la que cambia. Después de tantas noches tan faltas de aire y tan llenas de nada, una ya no puede llorar con la misma entrega que cuando estaba en el 1º “B” de primaria, ni Shakira puede componer igual que cuando descubrió lo que significa una rosa. Siempre volvemos a amar, sí, pero con los años aprendemos a hacerlo de una forma que se sostiene más en los besos que se inventan cada día, que en los encuentros a horas no adecuadas.
Es cuando una llega a sentir esos momentos de cotidianidad en pareja tan colmados de paz, que comienza a entender por qué Shakira alcanzó la simpleza de cantar enumerando mojitos, tal como lo haría cualquier persona un domingo en el que no piensa bañarse. Al parecer ya se le simplificó la vida. El amor que solo florece en la rutina le ha dado tal certeza que, por ahora, dejó de consultar las líneas de la mano, pues confía en que por mucho tiempo no volverá a sentir esa desolación de cuando había moscas en su casa.
Este ensayo fue escrito muchos años antes de que Shakira se separara de Piqué y no considera las canciones que compuso después de ese suceso. Decidí ya no actualizarlo porque en esencia es un homenaje al impacto de su música en mi infancia y adolescencia. En mi vida adulta ya no la escucho tanto, pero eso no cambia la profunda influencia que tuvo en mí.







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