Un hueco en el corazón en forma de gato

Abandoné a mi gato. No lo fui a botar a un baldío, ni lo di en adopción, simplemente lo dejé con alguien que también lo consideraba propio. Cedí su custodia a sabiendas de que el costo de que estuviera tan amado y protegido como siempre, como si yo siguiera con él, sería no volverlo a ver. Pero si lo describo sin intentar justificarme, la explicación es breve: abandoné a mi gato. No me esforcé lo suficiente para mantenerlo conmigo porque hacerlo habría implicado vivir en condiciones muy precarias, en mi caso, y completamente desconocidas e inhóspitas, en el suyo. Mi situación en ese instante decisivo era compleja y adversa, pero aún así era posible mantenernos juntos y esa mínima posibilidad es la que no me permite perdonarme el inexorable hecho de que abandoné a mi gato.

Como toda persona que ha vivido lo suficiente como para amar algo y perderlo, más de una vez he estado frente a esa grieta que parte la vida en dos: un antes tan firme que asumimos perpetuo, y un ahora incierto que se irá construyendo con lo que encontremos al paso. Así he confirmado que las hermanas se mueren, las amistades se alejan, las parejas terminan y el patrimonio, por escaso que sea, se pierde; y como estas, me han atravesado variadas despedidas y renuncias de distintos grados de dolor, pero ninguna tan desconcertante y difícil de asimilar como esta en la que mi gato aún vive en un universo del que ya no formo parte. Si todavía tengo gato, está en la caja de Schrödinger.

Mi gato aún vive, lo asumo porque no tengo evidencias de lo contrario. Si hubiera muerto todas las posibilidades de estar juntos se habrían ido junto a su cuerpo, pero ¿cómo puedo lidiar con una ausencia que no es consecuencia inevitable de nuestra naturaleza efímera, sino de mis elecciones? La muerte es una despedida absoluta, el adiós a voluntad es abierto, como las heridas que deja.  La existencia de mi gato se ha escindido en múltiples realidades en las que en este mismo momento podría estar echado en su taburete, mirando por la ventana o quizá acostado sobre el módem porque hace frío; pero en ninguno de esos escenarios está acurrucado conmigo, dándome besitos en la nariz como solía hacer cada que mis inusuales estados de tranquilidad me hacían digna de su compañía.

Mi gato fue mío desde meses antes de conocerlo, cuando ya sabía cómo lo llamaría, fue mío desde que lo invoqué diciendo: “estoy lista para una mascota” y al día siguiente apareció en mi azotea. Fui suya cuando le enseñé a usar el arenero y le puse una plaquita con su nombre que él me devolvió junto con su collar hecho trizas. Fuimos el uno del otro cuando descubrimos a fuerza del hábito nuestras respectivas asperezas y ternuras. Aguanté mordidas cada vez que fue necesario darle su medicina y él se acurrucó en mi vientre las noches de cólico. Me  rasguñó con alevosía casi la misma cantidad de veces que yo lo perseguí por la casa en busca de revancha. Me lastimó hasta las lágrimas, lo rocié con agua obligándolo a esconderse, peleamos una y otra vez y nos lamimos las heridas hasta que tuve la humildad de aceptar su naturaleza incansable. El día que dejé de intentar domarlo, guardó un poquito las garras. 

Mi gato fue un terreno inhóspito que conquisté con paciencia y abandoné con la confianza de que lo salvaje no necesita amo. Mi gato fue mío hasta que lo abandoné y ahora que no está conmigo confío en que sigue siendo la misma criatura pendenciera, necia y tierna. Abandoné a mi gato y la única evidencia que conservo de que estuvimos juntos es un hueco en el corazón con su forma y la confusa certeza de que en esta inevitable sucesión de despedidas que es la vida, soy tan capaz de amar, como de renunciar a lo que amo sin mermar en lo más mínimo el amor que le profeso. 

12 comentarios sobre “Un hueco en el corazón en forma de gato

  1. Estuvo genial. La frase que más me llegó fue la de: “pero ¿cómo puedo lidiar con una ausencia que no es consecuencia inevitable de nuestra naturaleza efímera, sino de mis elecciones? La muerte es una despedida absoluta, el adiós a voluntad es abierto, como las heridas que deja”: Una de las cosas más difíciles de aceptar en la vida.

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