Levadura y té: reflexiones de la vida (y el aislamiento) en pareja

Nosotras ya estábamos voluntariamente aisladas antes de la contingencia de salud. Ambas trabajamos en casa, frente a frente, pero con una pared de por medio; así puede pasar medio día sin que nos veamos las caritas, mas nunca pasa más de media hora sin que nos mandamos algún meme, queja o tuit que la otra apreciaria.

Perro y gato casi siempre están de mi lado de la pared, durmiendo o danzando a pasitos ligeros y circulares, hasta que se pelean y la paz se transforma en gruñidos y ladridos, casi todos de mi parte. Entonces toca separar el reino animal; gato se va con ella porque la prefiere (y ella él). Perro se queda conmigo, como no somos las favoritas de nadie, nos preferimos la una a la otra. 

Nina

En lo que respecta al reino vegetal, ella se encarga. Casi toda maceta que aquí existe, existió primero en su capricho de nunca tener suficientes plantas. Incluso pasan por sus cuidados las que están a medio existir, como las flores yaciendo en esos frascos que como se quedaron sin aceitunas, ahora fingen que son floreros.  

Por supuesto, mi falta de consideración por las formas de vida que no dan señales evidentes de que debes de ayudarles a sobrevivir, no pasa desapercibida. La amora me reclama constantemente que las plantas me valen, lo cual no es del todo preciso: valoro su existencia, pero no hago mucho por preservarla. Sin embargo, las flores no nos han traído tanto conflicto como los floreros: oh, los malditos floreros

Una vez tuvimos una gran pelea a causa de los falsos floreros que se aferran a su origen. Todo sucedió porque a mí me da igual que mi nuevo vaso quiera conservar su etiqueta de mayonesa, pero para ella, que está comprometida con el orden y la dignidad, esto le parece inaceptable, y lo que empezó con una discusión del tipo: ¿Por qué nunca le quitas las etiquetas a los frascos? Derivó en un profundo cuestionamiento sobre la densidad de nuestras diferencias. 

Y es que entre nosotras no solo hay disenso respecto a la desnudez de nuestros trastes, también nos separan los gustos y sabores, por ejemplo, mi cocina siempre es frita y nunca tan picante como me gustaría porque al primer dejo de chile la amora abandona su plato. La de ella, en cambio, es fresca y perfumada; a veces demasiado perfumada, como cuando sazona con curry y tiene el cinismo de negarlo aun cuando toda la casa huele por días a restaurante indio. 

las sábanas que se apestan a restaurante indio cuando cocina con curry

Odio el curry casi tanto como ella el picante, así que en la cocina toca moderarnos con nuestros placeres. Afortunadamente, el resto de nuestras diferencias pueden cohabitar en paz. Yo no me meto con su té, a ella no le molesta que siempre haya una caguamita en el refri. Yo he aprendido a disfrutar el jazz, la amora ya hasta creó su propia playlist de hip-hop. Mis camisas de anciano retirado en Florida combinan perfecto con sus vestidos, total, los dos son de flores. Mi tendencia hacia la oquedad parece llevarse perfecto con sus ganas de decorar. Mi urgencia de novedad encuentra sosiego en la forma en que hemos aprendido a entretejer lo cotidiano. 

De alguna manera que está entre la suya y la mía, hemos logrado que nuestra casa no solo sea vea decente, sino bonita (según nos han dicho). Hay quienes aseguran que todo el mérito estético es de mi concubina. Lo que quizá no saben es que así como ella piensa en los pequeños detalles, yo decido las formas generales: esto aquí, esto allá y el resto de los huequitos se los dejo a su creatividad que, aunque vasta, a veces resulta muy  limitada cuando de enfrentar ciertas situaciones se trata.

Por ejemplo, si fuera por ella habría que comprar utensilios a cada rato porque todo lo que no está dentro de su campo visual “se perdió para siempre”. Si fuera por ella, nuestro súper se reduciría a manzanas, té y galletas porque ¿quién podría necesitar algo más para sobrevivir? Si fuera por ella, nunca saldríamos de casa y pocas veces entraría alguien que no fuéramos nosotras.

Socializar la incomoda al grado de paralizarla, por lo que a veces tengo que estar detrás de ella en eventos recordándole cómo se llama tal o cual persona, o improvisando conversaciones que le permitan seguir el flujo de la convivencia sin angustiarse (o no más de lo acostumbrado). 

Hacer esto por la amora sería un gran esfuerzo, sino fuera porque ella hace algo similar por mí, pero a la inversa; en vez de integrarme a la realidad, me ayuda a drenarme su exceso. Cada que tengo de esos días en los que lo único que escucho es mi propia voz enlistando cada uno de mis miedos, ella aparece para mostrarme que todavía existe un mundo al alcance de mi tacto, para devolverle el sabor a la comida y mezclar la incertidumbre con la forma de sus labios. Entonces todo vuelve a tomar una proporción que me parece sobrellevable, y si está ella para acompañarme a la tienda por una caguamita, hasta disfrutable. 

la sala y oficina

Hace años me parecía impensable que alguien como yo, tan comprometida con la novedad, el desorden y la angustia podría vivir en pareja, y sin embargo aquí estoy, compartiendo espacio, confinamiento y vida con alguien que siempre estuvo convencida de su capacidad para el concubinato… porque hasta en eso somos diferentes.

Antes de conocerle, me anhelaba a mí misma con amantes en cada puerto (o dada mi condición urbana, en cada alcaldía). Me veía sola en un estudio desordenado y con el equilibrio necesario de muebles: suficientes para tener donde sentar a las visitas, pero no tantos como para no poder vender todo de un día para otro. Me creía incansable hasta que descubrí que la incertidumbre y la novedad, cuando son constantes, también terminan por aburrir. Me quería errante hasta que probé la libertad de las raíces.

Y entonces despertar en el mismo lugar cada día ya no es más una condena, sino la posibilidad de construir una base tan fuerte para soportar cualquier punto de partida. En otro momento, con otra persona, el aislamiento voluntario habría representado para mí la forma más rápida para atreverme, al fin, a saltar por la ventana; pero con ella el confinamiento es un universo de pretextos para aferrarme a la vida. 

Es, por ejemplo, ahorrar cada peso que no estamos gastando en salidas para irnos algún día a Japón. Es convertir la sala en un campamento para cuatro, con piñas coladas y papitas. Es despertar con ceños fruncidos y labios hinchados, abrirle la puerta a un perro que entra corriendo como si nos hubiera dejado de ver ocho años y no ocho horas, y aprovechar al máximo esos escasos cinco minutos de ternura y ronroneos.

Rocío

Y, sobre todo, es lidiar con la incertidumbre a sabiendas de que, mientras estemos voluntariamente juntas, seremos capaces de seguir inventándonos certezas.

Fotografías: @Hipocampo

4 comentarios sobre “Levadura y té: reflexiones de la vida (y el aislamiento) en pareja

  1. Qué bonito texto. Yo llevo un par de años viviendo con mi pareja y justo todo este tiempo me he descubierto gozando de la vida doméstica, cuando yo pensaba que definitivamente eso no era para mí. Me alegra mucho leerle porque en lo que dices encuentro ecos de mi pensamiento y experiencias 🙂

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